EVITAR LA GUERRA Y MANTENER LA PAZ
ARMADA ARGENTINA - JEFATURA DE ESTADO MAYOR
Palabras pronunciadas por el Señor Jefe del Estado Mayor,
Almirante Dn. Jorge O.Ferrer en el marco de la Organización de Estados Americanos - Colegio Interamericano de Defensa
Washington (DC) Estados Unidos de América - 4 de Octubre de 1991
Es muy común percibir al poder militar como un factor asociado exclusivamente a la violencia y por lo tanto, adjudicarle connotaciones negativas.
Pero esto es comprensible, especialmente hoy, para una humanidad que desea paz y bienestar, luego de haber soportado duras experiencias en su historia.
También es comprensible asumir como real una concepción de orientación puramente económica basada en conclusiones donde el balance costo-beneficio aparente, indica la conveniencia de minimizar un factor militar que requiere inversiones en material y factor humano no redituable en ganancias de corto plazo y que pueden afectar otras inversiones, en apariencia más altruístas.
Estas percepciones son especialmente significativas en sociedades donde, en lapsos de su historia, las falencias fueron compartidas por todos los sectores protagónicos: así, sus Fuerzas Armadas asumieron un rol político, ajeno a su esencia y su función específica.
¿Es esa apreciación correcta?
Quizás un análisis del hoy, que ya es futuro, podría permitirnos una visión sorprendente.
Pero no surgen dudas que la comprensión profunda de la significación real del factor militar en el mundo del futuro, requerirá un cambio cultural de todas las sociedades y sin ninguna duda, de los mismos miembros de las Fuerzas Armadas como partes inseparables y activas de una humanidad que busca con esperanza y fe el camino de la perfección.
Uno de los fenómenos evolutivos que es necesario comprender, es que en el poder militar está adqui-riendo cada vez más significación y trascendencia, la faceta positiva de su esencia y razón de ser:
EVITAR LA GUERRA Y MANTENER LA PAZ.
Cada vez más se usará el poder antes que la violencia en el manejo futuro de las crisis.
El enfoque que trataré de sumar al debate de esta problemática, representa la percepción particular de un oficial naval con la sola aspiración que su aporte pueda ser útil, por coincidencia o divergencia en el gran desafío para el logro de un mundo mejor.
Es evidente que la humanidad ha iniciado una era de cambios fascinantes.
Algunas de estas reales mutaciones a escala planetaria resultan tan inesperadas y sorprendentes, como difíciles de comprender en su significación global, siendo además muy dificultosa la percepción correcta de su evolución en plazos mediatos.
Una consideración superficial y, más aún, que no abarque totalmente el efecto combinado de todos los factores en juego, podría llevarnos a conclusiones o previsiones no coincidentes con una correcta interpretación del signo de los tiempos.
Los avances tecnológicos y científicos han profundizado un ritmo estremecedor casi fantástico.
La reconfortante confluencia entre la democracia como sistema político y la libertad económica, en un mundo cada vez más transnacional e interdependiente, representa un hito de valor extraordinario que signa ya de esperanza y optimismo a una gran parte del planeta.
Estas realidades producen un influjo plenamente positivo al dar nueva fuerza y significación a valores que hacen al bien común y la libertad individual, como los derechos humanos, la libertad de culto y la propiedad privada.
Todas estas tendencias gratificantes adquieren fuerza espectacular en una época de comunicaciones a escala mundial caracterizada por la libertad de expresión y el derecho a disentir; razón por la cual se ha producido la aparición de un fenómeno inédito: la consolidación de la opinión pública mundial.
Este tipo particular de opinión pública posee un nuevo y fuerte acento ético y moral, respondiendo a un clamor generalizado que en síntesis constituye lo que podría llamarse la meta suprema de la humanidad: libertad, paz y desarrollo.
Esta opinion pública mundial condicionará cada día más el accionar de los líderes mundiales y será el inevitable factor regulador de la evolución cultural, científica y económica del futuro.
Pero no seríamos realistas si no mencionáramos las acechanzas y peligros imprescindibles de afrontar.
En plena era en que el conocimiento es la fuente más importante del poder, era de la biotecno-logía de los ordenadores y la robótica, la superpoblación, el hambre y la miseria afectan a gran parte del pla-neta.
Estos flagelos, más la limitación de recursos y energía en los continentes han producido el efecto de lanzar a las naciones a la conquista del mar, como esperanza de supervivencia.
Los mares y océanos han desbordado ya su condición de medios, para ser también, un fin en sí mismos.
También nos amenaza el daño ecológico que crea la urgente necesidad de buscar un camino equilibrado entre el desarrollo y la preservación del medio ambiente.
A todos estos peligros, debe sumarse un trágico catalizador: la ancestral tendencia del uso de la violencia por parte de los seres humanos con el objeto de imponer voluntades espúreas.
Como consecuencia inevitable del uso de la violencia, ha surgido un perturbador, casi siempre ines-perado e impredecible.
El perturbador, podrá intentar justificar su accionar por motivos económicos, ambición de poder, fundamentalismo religioso, razones étnicas, xenofobia o reivindicaciones de diverso origen.
Utilizará la agresión, la amenaza o, quizás, el terrorismo.
También la perturbación puede asumir una forma novedosa y desconocida anteriormente.
Veamos por qué motivo.
El mundo que conocemos, está organizado en naciones-estados.
A ese esquema responden las actuales organizaciones mundiales y regionales como la OEA y la ONU.
Pero han hecho su aparición nuevos prota-gonistas, como los que ALVIN TOFFLER llama con total acierto gladiadores mundiales.
Estos protagonistas son organizaciones que se desenvuelven fuera de las estructuras de nación-estado, adquiriendo creciente poder, incluso a expensas de las mismas.
Pueden llegar a ser en extremo poderosas, como el imperio subterráneo de la cocaína y son esencialmente totalitarias en su funcionamiento.
El fanatismo religioso o el extremismo ecologista pueden también tener esta forma no deseable.
Circunstancias como éstas, colocan al mundo claramente ante la disyuntiva democracia y desarrollo u ocultismo y regresión.
Todas estas perturbaciones hacen imprescindible fortalecer el sistema funcional en el concepto de naciones-estado, por ser el más posible y transparente, asegurando racionalidad en las relaciones mundiales.
Por eso reconforta la clara revitalización de la ONU en los últimos años.
Un concierto de naciones decididas a proteger los valores de justicia, ética y moral de la humanidad, poseerán un alto grado de poder disuasivo contra tentaciones perturbadoras o desestabilizantes.
Existe otro hecho que es necesario destacar.
El extraordinario avance económico ya iniciado con clara y saludable tendencia transnacional, presenta el peligro intelectual de interpretar que esta evolución represente el fin de los conceptos de soberanía, valor territorial, nacionalismo y la limitación de los choques por motivos ideológicos, religiosos o promovidos por ambición o reivindicaciones.
Es cierto que en ámbitos evolucionados como la CEE hay positivos avances hacia una eventual convergencia política, con ciertas concesiones razonadas de soberanía.
Pero lamentablemente no ocurre lo mismo en el resto del orbe.
Siempre está latente el peligro de lo aparentemente irracional y lo inesperado.
Cuando se creyó que se consolidaba la paz, un lider totalitario y absolutista, puso al mundo al borde de una tragedia humana y ecológica.
Un dato esclarecedor es que hoy en el mundo existen aproximadamente 48 conflictos significativos.
La causa de los conflictos abarca una amplia gama, desde lo político, territorial, estratégico, hasta aspectos raciales y religiosos. Solo ocho son eminentemente económicos.
Vemos también con cierta preocupación, que el positivo hecho de la distensión y el derrumbe del comunismo, han producido el despertar de conflictos de orden étnico, por nacionalismo y motivos territoriales o religiosos, como lamentables efectos secundarios.
Pero la humanidad, con una clara intuición de supervivencia y progreso, está creando anticuerpos para defenderse.
No dudo que la ONU tiene ya la gran responsabilidad de encauzar los esfuerzos por la disuasión y con la fuerza moral de las causas justas, respondiendo a valores y consensos internacionales.
La necesidad de responder a la opinión pública mundial en pos de las metas supremas de libertad, paz y desarrollo, crea en las naciones-estado, un nuevo e ineludible deber de protagonismo activo.
Y esto es así, porque en las respuestas a los perturbadores, no solo basta el poderío que disuade o actúa, sino que éste debe ser complementado por otra característica: la legitimidad.
La opinión pública mundial exigirá, cada día más, no solo la graduación racional de poder, sino también la mayor legitimidad.
El grado de legitimidad es claramente función directa del número de naciones protagonistas.
En el mundo de mañana, una nación-estado sin protagonismo, será algo así como un parásito a escala mundial.
Ese protagonismo no debe ser solo en el campo de las ideas o la economía; debe serlo también en el campo de la acción.
Todo esto significa que por más tentador que nos resulte el idealismo, la realidad nos dice que el peligro de la violencia existirá siempre y solo puede esperarse que cambie la naturaleza de los conflictos.
El deber protagónico de las naciones, crea indefectiblemente la necesidad que los estados posean capacidad de proyección a los escenarios mundiales, por remotos que éstos sean.
El conflicto del Golfo fue la demostración de esta necesidad.
Allí, la perturbación estuvo materializada por una agresión a un estado independiente, motivando una trascendente decisión de la ONU, una clara respuesta de la opinión pública mundial y el uso gradual y racional de la opción militar, con un altísimo grado de legitimidad.
La acción militar de fuerzas multinacionales constituirá, sin duda en el futuro, la más legítima res-puesta, cuando se agoten las instancias diplomáticas sin éxito y fracase el efecto disuasivo ante los perturbadores al orden y la convivencia mundial.
Representa una versión en macro escala de la función esencial de las Fuerzas Armadas en cada estado, de ser instrumentos idóneos de la política exterior de las naciones.
Aquí cabe preguntarse si esta capacidad de proyección no debe requerirse solo a los países poderosos o desarrollados.
Si quizás la sociedad de naciones puede requerir un esfuerzo de esa naturaleza a países en desarrollo, con necesidades múltiples insatisfechas y carentes de fuerzas significativas o de armas sofisticadas.
La respuesta es afirmativa, y por dos motivos fundamentales.
La primera, que para gozar de los beneficios de la libertad, la paz y el desarrollo, deben asumirse los riesgos y responsabilidades para su defensa.
La segunda es que, así como la actitud ante la vida condiciona el futuro de los seres humanos, la actitud ante el mundo que asuma cada nación, condicionará su futuro.
La capacidad de proyección podrá ser un es-fuerzo organizativo y económico, pero el protagonismo es sin duda alguna, un beneficio superior para la nacion participante.
Esta capacidad de protagonismo de las naciones no necesariamente debe abarcar la participación eventual en operaciones para mantener o lograr la paz sino también en misiones de ayuda humanitaria.
Uno de los acontecimientos más positivos verificados en los últimos tiempos, fue descubrir el alto grado de capacidad de las Fuerzas Armadas para cumplir misiones o tareas de ayuda en emergencias masivas.
Podemos recordar el ejemplo de ayuda al drama de los Kurdos o de Bangladesh.
Es evidente que no existen en el mundo organizaciones más idóneas y capaces que las fuerzas militares para enfrentar tragedias humanas y desastres naturales.
Las fuerzas de paz dependientes de la ONU, han demostrado su capacidad para proteger, incluso, los operativos humanitarios.
Esto quizás implique adoptar en el futuro, ante emergencias, la política de intervenir para salvar vidas.
Este tipo de acción bien puede significar el uso de las fuerzas militares en dos formas simultáneas: como ayuda humanitaria y como protección a ese socorro requerido por la opinión pública mundial.
Toda nación que asuma su rol protagónico para bien de la humanidad, debe disponer permanentemente organizada y alistada, una fuerza de proyección de dimensión moderada y acorde con el potencial de cada estado.
Es necesario destacar, que no es recomendable que esta fuerza se organice sobre la emergencia de los acontecimientos.
Las experiencias obtenidas en estos tipos de operación, aconsejan una muy particular composición de una fuerza de proyección. Sus miembros deben ser especialmente instruídos en leyes internacionales, en especial para facilitar el trato con poblaciones civiles como también en los usos y costumbres de los lugares de probable empleo.
Deben recibir un tipo de instrucción especial que asegure el razonable dominio de un idioma común como el inglés, para asegurar la correcta y fluída comunicación entre grupos multinacionales participantes.
Debo mencionar como ejemplo, que la participación periódica de la Armada Argentina en operativos UNITAS u otros eventos internacionales, fueron expe-riencias claves, además de otros aspectos tecnológicos, para una participación adecuada y sin inconvenientes en la fuerza multinacional que operó en el Golfo.
Caben aquí dos acotaciones.
Un contingente de proyección, así constituído, debe ser multipropósito, asegurando que, con solo un cambio de configuración de armamento y equipo, el mismo participe en fuerzas de intervención, de mantenimiento de paz, observación, o ayuda humanitaria, según sea necesario.
La organización debería abarcar también los medios aéreos y navales posibles para transporte.
A su vez, los citados contingentes, evidentes y razonables, deben ser armónicos entre su función de proyección y las misiones militares conjuntas de cada nación.
Una correcta solución de compromiso no afecta, sino que refuerza la capacidad para ambos campos de operación, nacional e internacional.
Un ejemplo paralelo o similar, es el dilema que se presenta actualmente en las Armadas.
La creciente importancia del mar para el mundo, lo ha transformado en un escenario de interacción internacional cada vez más frecuente.
Las razones son varias.
Una de ellas es que el mundo se ha lanzado a la conquista de los espacios y fondos marinos.
Las riquezas y energías son de tremendo incentivo.
Las nuevas leyes y normas de derecho marítimo tienden a conciliar los intereses de las naciones costeras con el bien común de las humanidad.
Es de prever que en las flexibles dimensiones de los mares se jugarán cuestiones esenciales para el mantenimiento de la paz, los intereses lícitos o la legalidad internacional.
Tendrán la ventaja de desarrollarse en espacios libres de poblaciones y sus sucesos tendrán la ca-racterística de gradualismo propio de las Armadas, en un escenario de cada vez más significativa connotación internacional.
Estas realidades, mas el hecho que el rol de las Armadas en tiempos de paz, se ha incrementado también para la preservación de riquezas y recursos, ha hecho necesario que cada país, sienta la necesidad de diseñar el perfil de su flota en forma balanceada, para afrontar los desafíos derivados del potencial militar conjunto, y al mismo tiempo, los necesarios para un creciente protagonismo en tiempos de paz.
En el caso de la Armada Argentina, hemos verificado que las misiones de carácter bélico y las de tiempos de paz, no perjudican, sino que refuerzan la capacidad global.
Motivo de ello es que, cada vez con más intensidad las flotas pesqueras incursoras en zonas de interés nacional, utilizan equipos y procedimientos de grado de sofisticación creciente, obligando a encarar el control del mar, con medios y planes compatibles con la misión bélica de las unidades.
Un caso similar puede encontrarse en las tareas que las Fuerzas Armadas cumplen en varios países, en apoyo a las misiones policiales contra el narcotráfico.
Los desafíos futuros podrán ser aún mayores y más complejos.
Hemos tratado de interpretar hasta aquí, la necesidad indiscutible del poder militar futuro en el orden mundial.
Pero,¿qué sucederá o qué puede preverse qué sucedería a nivel de región y de cada estado?
En el mundo soplan vientos favorables a un mejor entendimiento entre naciones.
Muchas, por fortuna, ya han comprendido las ventajas de la integración.
La integración entre naciones es un hecho positivo de connotaciones económicas y culturales que asegura la estabilidad de relaciones y el provecho compartido.
En esta etapa integradora, la función de las Fuerzas Armadas es la de ser protagonistas activas. Yo diría, generadoras de integración.
La operación compartida, proyectos en común, complementación, intercambio de personal y medios, son elementos claves.
Nada da más seguridad en una integración económico-cultural, que percibir cooperación y confianza entre los poderes militares de los estados asociados hacia una meta común.
Como toda realidad humana, la integración es razonable y creíble; y no ilusoria cuando las potencialidades a integrarse son más o menos equivalentes; y aún en este caso, cuando el poder militar constituye un reaseguro contra lo irracional o lo imprevisible.
Pero también es posible dar un paso de mayor significación.
Toda nación-estado tiene intereses lícitos y genuinos, que obviamente, son singulares de cada país y dependiente de su percepción geopolítica y proyecto de desarrollo.
Cuando dos o más países con vocación integradora encuentran coincidencias en algunos importantes intereses estratégicos, puede ascenderse a un estadio superior de las relaciones entre estados: la alianza estratégica.
En este estado trascendente, el poder militar juega un rol de importancia vital, porque nadie consolidará una alianza con un inepto o con un indefenso, por más amistoso o idealista que este sea.
Cada protagonista de una alianza estratégica, debe ser y demostrar ser útil a los restantes miembros.
Una alianza estratégica es un logro superior de naciones con aspiraciones y proyectos comunes que coinciden en la forma de alcanzarlos y asegurarlos. Uno de los sueños más hermosos es pensar en un continente Americano efectivamente integrado cultural y económicamente, percibiendo intereses y objetivos coherentes y compatibles con el logro de un alianza estratégica continental, como un aporte real y efectivo de estabilidad y progreso al resto del mundo.
En ese camino resulta reconfortante observar la tendencia a una vinculación efectiva de la JID respecto a la OEA por cuanto, de la misma forma que en cada estdo el poder militar responde al poder político, en la sumatoria de todas las naciones debe resultar una relación de similares características, reforzándose a nivel continental, el concepto rector de las relaciones político-militares.
A nivel de cada nación, la característica esencial del poder militar es la de asegurar la disuasión creíble.
Esto significa la existencia de Fuerzas Armadas evolucionando al mismo ritmo que la sociedad que componen.
Significa poseer una fuerza efectiva que proteja el desarrollo e intereses vitales de una nación.
Significa asegurar Fuerzas Armadas eficaces para ser instrumento de la política exterior de cada estado.
Las características y misión del poder militar de un país, deben responder exactamente a los lineamientos de una decisión política del más alto nivel de gobierno, adoptadas en base al proyecto de nación en desarrollo, a los conflictos previsibles, y a las alianzas concertadas.
Significa que el poder militar es la herramienta de respaldo al ámbito de las ideas o poder político y la esfera de los bienes o poder económico.
Deben asegurar el logro de una disuasión creíble que haga no aceptable una acción hostil por parte de un eventual perturbador o agresor.
La posibilidad potencial del uso de la violencia interviene siempre en la relación entre países, tanto en la rivalidad como en la cooperación.
Es humano pensar que las naciones tendrán siempre la tendencia a sentir más atractivo cooperar con los fuertes que con los débiles y que cuando se lo haga con estos últimos, sea exigible cierta compensación por el logro de un grado de seguridad mutua superior.
Estas realidades son y serán vigentes.
Pero son menester profundos cambios en otros aspectos.
Ha perdido realismo la antigua teoría del planeamiento estratégico basada en una guerra con un enemigo en una oportunidad definida y con una aproximada duración de las hostilidades.
La positiva vertiente del poder militar presente y futuro, que es evitar la guerra, hace imprescindible basarse en la corriente de pensamiento llamada estrategia del conflicto.
Eso hace necesario un poder militar sin determinismos ni enemigos prefijados.
La rápida sucesión de acontecimientos y evoluciones que caracteriza al mundo de hoy, puede transformar al enemigo de ayer en aliado, o viceversa.
El poder militar no debe prepararse para una guerra determinada, sino para ser útil al gobierno en el manejo de crisis derivadas de conflictos.
En la flexible y mutante estrategia de conflicto, el poder militar encuentra su total y moderna justificación.
No existiría frustración por una guerra prevista que no se produce, sino satisfacción por ser instrumento de poder en los conflictos que enfrente el gobierno de la nación.
En este contexto moderno, todas las sociedades que desean paz y desarrollo comprenderán mejor la necesidad de las Fuerzas Armadas como seguridad y justificarán plenamente la inversión cuyo rédito será preservar los intereses vitales y el proyecto nacional, así como mantener la paz.
Es importante remarcar la inconveniencia de buscar la paz en estado de debilidad, hecho que no solo es poco ético sino peligroso.
Para estar en condiciones de desear eficazmente la paz, es imprescindible estar en condiciones de enfrentar la violencia.
Todo pueblo responsable se caracterizará por su preocupación en mantener su fuerza material en proporción adecuada a su riqueza y su cultura; como también, por ser solidario con el consenso internacional en pos de la paz.
Aún los países más pequeños tienen la obligación moral de poseer cierta capacidad de disuasión, porque aún cuando sean agredidos por fuerzas muy superiores, deben asegurar la resistencia imprescindible para dar tiempo a la intervención de la comunidad internacional.
En este aspecto tiene plena vigencia la frase "ayúdate que te ayudaré".
Todas estas transformaciones harán también necesaria una permanente evolución cultural de los hombres de armas.
El antiguo concepto de la subordinación por sí misma, debe ser reemplazado por el de identificación entre conductor y conducido, pues ello asegurará el ejercicio de la iniciativa en el cumplimiento de las misiones.
Esto exige a los jefes militares cada día más capacidad de liderazgo, basado en prestigio profesional, vocación de servicio y ejemplo.
Cada vez más las promociones militares debe-rán basarse preferentemente en parámetros de capacidad, idoneidad y prestigio y cada vez menos en razones de antiguedad o tiempos de servicio exclusivamente.
Asimismo la evolución de las sociedades, exige que el militar deba estar cada vez más integrado con sus compatriotas, en los estudios técnicos o universitarios, para lograr una mente realista y abierta, sin las deformaciones que produce el aislamiento o el astigmatismo profesional.
Esto producirá dos positivos efectos.
Primero, el poder militar estará en mejores condiciones de interpretar y defender el proyecto de una sociedad en la que participa plenamente.
Segundo, el resto de la sociedad comprenderá y respetará más a sus Fuerzas Armadas y percibirá que éstas son el instrumento de uso inmediato del gobierno, pero que la defensa nacional, tanto en lo militar como en el campo de las ideas y el potencial económico, es una obligación de todos los habitantes de un estado.
Los líderes militares deben alentar la incorporación a las Fuerzas Armadas de representantes de todos los grupos sociales, étnicos y religiosos de la sociedad, asegurando en este último aspecto, el servicio espiritual necesario para las diferentes creencias.
Esto dará más fuerza y representatividad no sólo a toda la nación sino también a su poder militar.
Un concepto erróneo y peligroso es creer que el Poder Militar puede incrementarse rápidamente cuando hay un peligro de conflicto.
Si tomamos como ejemplo las Armadas, la evolución de los medios, debe preverse con muchos años de anticipación, teniendo en cuenta su concepción, diseño, construcción, alistamiento y pruebas.
La cambiante tecnología hace cada vez más crítica esta situación.
Las tradiciones, la cultura militar moderna, el adiestramiento intensivo, requiere de muchos años y esfuerzo.
El valor relativo de un poder militar es cada día más cualitativo y menos cuantitativo.
Además, la disuación creíble es tarea de todo tiempo y lugar, de lo contrario nunca será efectiva.
Vivimos, por fortuna, en una etapa en la cual la interdependencia requiere cada día más significación.
Interdependencia entre naciones, y dentro de cada una de ellas, entre los miembros de una sociedad, en el definido concepto de la comunicación humana donde todos necesitamos de todos.
La evolución fascinante del mundo que hemos tratado de interpretar, presenta al poder militar un desafío apasionante para transformarse en un factor positivo en la esperanzada marcha de la humanidad hacia una soñada perfección.
Enfrentar este desafío requerirá realismo y sentido ético, así como vocación de servir al bien común de todos los seres del planeta.
Vencer el desafío significará asegurar la vigencia de los valores supremos de libertad, paz y desarrollo en un mundo donde la democracia y el espíritu solidario, serán virtudes comunes. Que así sea.