IDENTIDAD NACIONAL E INTEGRACION REGIONAL
EDITORIAL
Eduardo Pedro Vaca
Editor responsable
En nuestro primer editorial hablábamos de la necesidad imperiosa de reforzar las identidades nacionales, en un mundo con tan alto grado de interdependencia, no sólo económica sino también política y cultural, como el que nos encontramos.
Hoy queremos retomar el tema, pero vinculándolo con el proceso de integración regional en el que nuestro país está depositando grandes esperanzas. En el reciente Simposio de Estudios Estratégicos de los Estados Mayores Conjuntos de Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay -al que nos referimos más ampliamente en otra sección- hubo varios planteos que hicieron referencia a este tema.
Podríamos decir que hubo posiciones casi polares. Algunos sostuvieron que el proceso de integración, si no es realizado con suma cautela, puede provocar graves riesgos a identidades nacionales aún muy frágiles. Otros, por el contrario, señalaron que sólo en la integración puede ser posible la defensa de esas identidades, frente a la magnitud de los desafíos que la situación internacional provoca.
Más allá de la obviedad de señalar que sin duda algo de verdad tienen ambas posiciones, tratando de ver con qué sentido en lo político y cultural se da esa integración en el Cono Sur, queremos aportar un punto de vista que agrega otras variables al análisis.
En primer lugar, creemos necesario reiterar nuestra óptica acerca de que hoy las identidades nacionales deben verse más en función de proyecto futuro en común, que de pasado en común.
Demasiado jóvenes son nuestras naciones como para creer que el bagaje de experiencias tan recientes y -lamentablemente en muchos casos- desgarradoras, podrían ser suficientes para cimentar nuestra identidad. Sin pensar en cómo se achican esos períodos temporales, si nos referimos por ejemplo a los argentinos de segunda o tercera generación, fruto de la epopeya de la inmigración.
Es por eso mismo que creemos que esta tensión entre identidad - integración debe ser vista juntamente con la dimensión económica social, al interior de cada país, reflejada en la tensión ajuste - equidad social. Sólo en un cruce armónico de estos dos ejes de análisis podremos encontrar el grado adecuado que convierta a estos procesos en instrumentos aptos para la inserción en el mundo y el bienestar de nuestros pueblos.
Cualquier modelo desequilibrado conduciría al fracaso colectivo. Reforzar la identidad nacional con un rechazo a la integración y un ajuste desequilibrado, conllevaría explosiones nacionalistas con la tentación de reflotar los esquemas de enfrentamiento intrarregional que históricamente hemos vivido en la región. Exceso de integración y ajuste desequilibrado puede llevar a la segregación de regiones que pretendan trastocar las fronteras políticas, generando alta inestabilidad en la región. rechazo total del ajuste y de la integración parecería suponer un aislacionismo no sólo regional sino también internacional casi suicida, que podría convertir a la región en un problema de seguridad, con riesgo de intervencionismo. Rechazo del ajuste y exceso de integración centraría la inestabilidad en el aspecto económico por la transferencia de fenómenos inflacionarios, y terminaría sin duda con disturbios sociales a escala regional como los ya vividos por la Argentina.
Creemos, por lo tanto, en la necesidad de definir adecuadamente al interior de cada nación, y en los foros regionales, cuáles son los márgenes adecuados para moverse a lo largo de estos dos ejes señalados. Así desaparecerán las polarizaciones erradas, y podremos construir los proyectos de nación y región sin enfrentarlos ni enfrentar -ni hacia adentro ni hacia afuera- a nuestros pueblos.