FUERZAS ARMADAS LATINOAMERICANAS: BUSCANDO EL MERCADO ADECUADO
Jorge Luis Colombo
Capitán de Navío
Pareciera que los militares latinoamericanos están a punto de evaluar erróneamente tanto la esencia como la necesidad de ciertos cambios fundamentales que se avecinan. Más allá de la bizantina discusión de si existen o no amenazas externas e internas que justifiquen la existencia de hipótesis de conflicto, y por encima de las veladas intenciones de los EE.UU. de unificar las Fuerzas Armadas al sur del Río Grande en Fuerzas Armadas Regionales (especie de Gran Ejército de Salvación que respaldaría, con una buena dosis de originalidad y buen humor, a la última moda vernácula en materia de Defensa: las "hipótesis de confluencia"), los militares de esta parte del mundo no alcanzan todavía a percibir que pueden perder una parte significativa de sus capacidades reales y de su inserción en la sociedad, si persisten en ver su rol futuro como una simple variación del que tuvieron en el pasado.
Esto no implica que necesariamente deba iniciarse un proceso que culmine en reestructuraciones masivas, porque hay misiones y tareas de las Fuerzas Armadas que son atemporales y que trascienden cualquier intento de cambio. Por ejemplo, la garantía permanente de la soberanía e independencia nacionales, la protección de los recursos del país, la preservación de la capacidad de autodeterminación, la defensa común y la integridad territorial.
Argentina tiene vecinos más bien cercanos que han demostrado una conducta histórica respecto de sus Fuerzas Armadas, evidenciando una claridad meridiana en sus objetivos estratégicos en el largo plazo, e independientemente del gobierno de turno, y no les va del todo mal. Saben muy bien hacia dónde se dirigen y qué quieren. No estoy diciendo que los argentinos no tengamos claro el rumbo -simplemente el norte se nos mueve más de lo deseable.
No son pocos los que dividen los roles futuros de las Fuerzas Armadas en una misión principal -la tan mentada disuasión creíble-, a la que agregan luego un paquete de tareas secundarias que varían según la imaginación y el estado de ánimo del analista: combatir el narcotráfico, intervenir como ayuda en catástrofes naturales, etc. Por varias razones, el asunto debería ser cuidadosamente considerado, ya que los roles tienden a invertirse, y las Fuerzas Armadas podrían terminar a la postre corriendo narcotraficantes y llevando gente de un lado a otro en camión, en bote o en avión, resultando al mismo tiempo increíblemente poco disuasivas. Inmediatamente, se siente la tentación de preguntar qué pasaría si los narcotraficantes deciden "portarse bien", o si los desastres naturales ocurren en otra parte. ¿Desocupación de militares por escasez de fuentes de trabajo, tal vez?
En fin, comoquiera que sea existen en la actualidad importantes misiones de las que hacerse cargo como una directa contribución a la seguridad nacional, y para eso harían falta dos cosas: perder el miedo al concepto de seguridad nacional, y moverse según nuevas direcciones que impliquen cambios dramáticos, involucrándose al mismo tiempo en flamantes roles no tradicionales. Y esos roles probablemente irían algo más allá de combatir al narcotráfico, al narcoterrorismo y a quienes atentan contra el medio ambiente, o contra la estabilidad de las democracias amenazadas, ya sea a través de organizaciones locales, regionales o extrarregionales.
Sucede que la definición de Seguridad Nacional está cambiando -porque el "mercado" está evolucionando- sin que los militares hayan respondido aún a estas variaciones atn importantes. Hay demasiada gente que quiere continuar exactamente igual que en el pasado, y para consuelo de los latinos se puede intuir que esta resistencia al cambio no es patrimonio exclusivo del área latinoamericana: apenas analizadas las opiniones de algunos especialistas extranjeros, se concluye que en todas partes sucede más o menos lo mismo.
Pareciera que en todo el mundo las Fuerzas Armadas deben salir a buscar el nuevo marketing que, respondiendo a un contexto internacional tan cambiante como dinámico, admita así y todo colocar el producto en un mercado difícil, exigente, y en constante evolución. En los tiempos del nuevo orden internacional, "vender" Defensa o Seguridad Nacional no es nada fácil. El cliente o probable comprador es el ciudadano común, y por lo general no es un buen candidato.
Y eso no es todo. Da la impresión de que lo único definido del nuevo orden internacional que se viene es que no está razonablemente definido. Sólo puede caracterizarse por el dominio de la incertidumbre, de la inseguridad y de la transición permanente.
Como afirma la doctora Virginia Gamba, lo peor de esta época de transición es que nadie puede medir su proyección en el tiempo -al menos no seriamente-, de modo que lo mejor que se puede hacer es tratar de manejar los cambios, y controlarlos para pasar a algo distinto y de límites todavía imprecisos.
El fin de la guerra fría ha descolocado en apariencia a la única superpotencia sobreviviente. En los EE.UU., el Pentágono rehace en la actualidad sus planes y trata de acomodarse como puede a las realidades de un nuevo orden que los especialistas y analistas en Defensa tratan de interpretar aceleradamente.
Pero los hechos mandan, y lo que suceda en Washington repercutirá en todos los azimutes, y las Fuerzas Armadas latinoamericanas no habrán de ser, ciertamente, ninguna excepción. Como ejemplo, podría intuirse que dentro de este esquema se insertan las nuevas medidas de seguridad colectiva, conocidas oficialmente con el nombre de Medidas para Construir la Confianza Mutua (oficialmente en inglés, CBM -Confidence Building Measures).
Con el trasfondo encubierto de una reducción en los gastos militares que ya ni los EE.UU. pueden soportar, estas medidas harían palidecer de envidia al mismísimo abate Saint Pierre (Charles Irénée Castel, 1658-1743), quien fue el primero en hablar acerca de desarme en la era moderna.
Probadas en Europa con resultado variable, y con relativo éxito dentro del esquema Este-Oeste, algunos analistas opinan que, de haber existido en su momento, estas medidas de cooperación y confianza bien podrían haber evitado conflictos tales como la Primera Guerra Mundial. Fuera del teatro europeo, se pueden citar algunos ejemplos de las CBM más conocidas que dieron al mismo tiempo un resultado bastante positivo: los acuerdos de Camp David, los acuerdos sobre Actividades Militares Peligrosas, los Acuerdos indo-paquistaníes, la UNCLOS de 1982 (United Nations Convention on the Law of the Sea, o Ley del Mar), y los acuerdos de Jackson Hole.
Un poco más acá y dentro de Europa, habría que mencionar el Acuerdo de Estocolmo de 1986 y su primera implementación en Alemania en 1987, conocida con el nombre de CDE On-Site Inspection (Confidence and Security Building Measures and Disarmament in Europe). Hace su aparición finalmente el Documento de Viena de 1992, firmado por 48 naciones europeas y los EE.UU., documento en el que se detallan medidas que van desde el intercambio de información militar hasta la reducción de riesgos, todo ello con miras a incrementar la confianza y seguridad mutuas.
Los Estados Unidos recomiendan enfáticamente la aplicación y seguimiento de este tipo de esquemas para América Latina, con argumentos casi contundentes: si las CBM han sido utilizadas entre rusos y americanos, enemigos poco menos que irreductibles, ¿por qué no habrían de dar resultado entre brasileños y argentinos, o entre argentinos y chilenos, o entre éstos y los peruanos, o entre los mismos peruanos y los ecuatorianos? Si los acuerdos sobre limitación y no proliferación de armas nucleares dieron buenos resultados nada menos que entre los EE.UU. y la ex-Unión Soviética, ¿por qué no podría suceder lo mismo con las armas convencionales entre los latinos, reduciendo así los gastos de la defensa en países donde resultan vitales las inversiones en programas para el desarrollo? Si a partir de 1987 los americanos han inspeccionado en el lugar (On Site Inspection) cualquier maniobra de tropas del Pacto de Varsovia en tierra que involucre a más de 25.000 hombres, y lo mismo hicieron los soviéticos en el ámbito de la NATO, ¿por qué los chilenos no podrían inspeccionar el despliegue de tropas argentinas cerca de la frontera, y los argentinos hacer lo mismo del otro lado?
Claro está, es muy probable que los americanos no hayan tenido acceso al libro Geopolítica, de un autor no muy conocido, el General Augusto Pinochet Ugarte. En la página 63 se puede leer: "Los argentinos consideran que hay en Sudamérica países que tienen una cierta consideración respecto de la Argentina, como son aquellos que para alcanzar más directamente el Atlántico deben hacerlo a través de su territorio, quedando en tales condiciones Bolivia, Paraguay y Chile. Buscan por todos los medios el acceso al Océano Pacífico porque estiman que es indispensable para una gran potencia [!!??] el tener costas en ambos océanos." En fin, que no es nada fácil generar confianza y así restarle accionistas al mercado de la defensa, cuando hay que vérselas con semejantes ideas.
Los recortes en el presupuesto de Defensa realizados por los EE.UU. marcan una tendencia que debería ser cuidadosamente estudiada. Tal como decían los analistas Bruce Auster y Robin Knight, del U.S. News & World Report, luego de dos guerras mundiales, de 45 años de confrontación nuclear, y miles de millones de dólares, libras esterlinas, rublos y francos invertidos en personal y armemento, el poderío militar de una nación repentinamente dejó de ser el patrón de referencia dominante, y ni siquiera es sinónimo de garantía de su propia seguridad. Seguridad que continúa tan amenazada como antes, porque las amenazas no están decreciendo: simplemente cambiaron de apariencia. Por caso, hay quienes están convencidos de que hoy en día la seguridad económica es el flamante equivalente a la antigua Seguridad Nacional, y esto resulta así aún cuando no haya argumentos válidos que hagan suponer que una eventual confrontación económica, sea cual fuere el escenario probable, pueda ser mucho más benigna que una guerra convencional. De hecho, la historia demuestra que las guerras económicas son peores que los conflictos comunes, entre otras cosas porque no se libran en un campo de batalla específico y son considerablemente más difusas.
Dado que existen muchos otros factores a considerar, tratemos de adivinar cuál podría ser el rostro de este nuevo mercado de la Defensa o de la Seguridad Nacional.
Los escenarios del siglo XXI y el nuevo orden internacional
En lo atinente a cuestiones de Defensa o de Seguridad Nacional, resulta evidente que al menos una gran parte de Occidente seguirá reflejándose en el espejo de los EE.UU. Sería absurdo negar esta realidad, y el sentido común parece indicar que, pese a los problemas globales que subsistirán, y a las amenazas externas que no serían descartadas, debería apuntarse un poco más a las amenazas internas antes que a las externas. Allí se encontraría uno de los primeros escenarios.
El general Alfred Gray, ex-Comandante de la Infantería de Marina de los EE.UU., plantea que la mayor amenaza a la seguridad nacional puede encontrarse actualmente en la combinación de la criminalidad, la droga, la pérdida permanente de las oportunidades de educación en todos los niveles, y en las consecuencias económicas derivadas de estas tres fallas sustanciales. Y cometería un grave error quien crea que esto es aplicable solamente a los EE.UU.
Otro de los escenarios dominantes del futuro, en el que sin duda se jugarán roles fundamentales relacionados con la economía y la seguridad nacionales, será el escenario ecológico. Este sería hasta cierto punto impuesto por los países industrializados sobre los subdesarrollados o en vías de desarrollo, dentro de un esquema de supervivencia y autopreservación que sorprendería incluso al filósofo escocés Hobbes. Una vez más, los latinos estarían inmersos en una disputa con signo norte-sur, caracterizada por la asimetría de criterios para evaluar la magnitud del daño causado al ecosistema a nivel global, y donde la atribución de responsabilidades no estaría enmarcada precisamente en la objetividad. No es lo mismo que las industrias del norte eleven inocentemente la temperatura del planeta, perforando así la capa de ozono en el sur, que talar también inocentemente árboles en el sur para que termine lloviendo menos en el norte. Todos los inocentes son iguales ante la ley, pero los del norte parecen ser más iguales que los demás.
El significado de la economía en relación con el medio ambiente, que dominaría gran parte de las variables que se puedan considerar, fue particularmente analizado en un reciente informe del Worldwatch Institute de Washington, EE.UU.
En dicho informe se sugiere que a los habitantes de este planeta les quedan tan sólo diez años para cambiar las tendencias negativas de su influencia en la destrucción del medio ambiente, antes de que el daño sea absolutamente irreversible y se traduzca en la ruina tanto económica como social. El director del mencionado informe, Lester Brown, afirmó durante una entrevista concedida al New York Times que si el mundo no responde positivamente a las degradaciones que está causando, se producirá una ruptura económica que sería políticamente inmanejable. Eso es lo más parecido que existe a una hipótesis de conflicto. Para confirmarlo, no habría más que mirar hacia atrás: Africa del Norte, granero del mundo en otros tiempos, hoy en día no es sino un enorme desierto con gente hambrienta que no tiene con qué subsistir.
Esto tiene relación, una vez más, con el gran país del Norte. El Subjefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas de los EE.UU., Almirante David Jeremiath, declaró recientemente al Navy Times (órgano oficial de difusión escrita de la Armada americana) que por primera vez en cincuenta años existe la oportunidad cierta de reformar a fondo el Departamento de Defensa de los EE.UU., porque el conflicto Este-Oeste ha llegado a su fin. Hay que reflexionar -continúa el Almirante- acerca de realidades tales como que la población mundial se duplicará hacia el año 2025, y que el 90% de esa gente habitará en países subdesarrollados, los que a su vez sufrirán