Resumen de la ponencia para la "Convocatoria para una CARTA MEDITERRANEA".
Sevilla, 22 al 25/sept./92
Contexto regional e interdependencia solidaria en el Mediterráneo
Al sepultarse el orden bipolar de Yalta, un "europtimismo" invadió la opinión pública del viejo mundo. La cautela hubiera indicado, sin embargo, que se estaba pasando de un sistema de seguridad (o "inseguridad") internacional, ordenado y controlado por el juego de equilibrios de terror establecido a escala global por las dos superpotencias, a un nuevo orden (o "desorden") portador de esperanzas pero abierto a diferentes posibilidades de nuevos (viejos) conflictos.
La crisis en el Medio Oriente que desembocó en la Guerra del Golfo Pérsico a comienzos de 1991, dió la razón a los no tan optimistas. Una de sus consecuencias fue la de colocar al escenario del Mediterráneo, entendido como un "espacio frontera", en el centro de la atención mundial. Al mismo tiempo, dicha guerra tendía a entrelazarse y potenciarse con el epicentro del secular conflicto árabe-israelí en el llamado "Oriente Próximo" por los europeos. El retorno de la dialéctica Norte-Sur reemplazó rápidamente al extinguido conflicto Este-Oeste como base para el Nuevo Concepto Estratégico de la Alianza Atlántica, aprobado el 7 de noviembre de 1992 por 16 estados durante la cumbre de Roma.Ese nuevo concepto comenzó a materializarse cuando el 30 de abril de 1992, ocho buques de guerra pertenecientes a otros tantos países miembros de la OTAN, se constituyeron en la Fuerza Naval Permanente en el Mediterráneo (STANAVFORMED), encargada de velar por la seguridad del flanco sur del continente europeo desde la sede del Mando Aliado en el Sur de Europa, en Nápoles, patrullando constantemente las aguas del Mar Negro y Mediterráneo hasta la desembocadura en el Atlántico donde el Magreb se acerca a la península ibérica.
Los problemas del espacio geopolítico mediterráneo son viejos: disparidad económica, social, política y demográfica, lo cual se verifica en la fragilidad de la situación política de ciertos países, los desequilibrios económico-sociales internos y externos, y los irredentismos nacionalistas y religiosos. La exacerbación de esas heterogeneidades es condición suficiente para el estallido de nuevos teatros de conflictos y crisis, como los que vive Argelia en el mediterráneo occidental.
Es obvia la paradoja. Mientras las esperanzas de paz consensuada se intensifican en la lógica de los acuerdos entre los poderosos (y asociados) del Norte, y la intercomunicación mundial de la vida cotidiana ha universalizado los principios democráticos y las soberanías compartidas en el Sur (y en algunos bolsones del Norte) resurgen con extrema virulencia las particularidades étnicas, religiosas, culturales y nacionalistas. Es por ello que, además del aspecto técnico militar de la seguridad, esto es, el de la seguridad estratégica colectiva, es necesario considerar las dimensiones económicas, culturales, demográficas y ambientales que influyen sobre las concepciones estratégicas en tanto diversos campos de la cooperación para la paz, si quiere comprenderse la crisis del Mediterráneo.
Un espacio que puede ser "de fractura" si Europa se repliega sobre sí misma para hacer frente a la competencia económica con EE.UU. y Japón. Pero que, en el mejor de los casos, puede evolucionar hacia una interdependencia solidaria entre dos mundos muy cercanos, si Europa no deja librada la margen norte del Mare Nostrum a la sóla prevención estratégica militar frente a los peligros de la inestabilidad política, el integrismo islámico y la conflictiva étnico-religiosa y territorial provenientes de su margen sur y del cercano oriente. Y si, audazmente, se compromete a protagonizar una cooperación global Norte-Sur además de la seguridad compartida en la región.
En ese sentido, España parece desear asumir un papel principal en la construcción de la solidaridad mediterránea, en la medida que, consolidada su democracia y su integración europea, reivindique el pasado ibérico multiconfesional y multiétnico, y lo proyecte al Mediterráneo como nueva zona de prosperidad y convivencia multicultural. La cumbre de la CSCE de Helsinski en julio de 1992, abogó por el desafío del cambio en Europa frente a los peligros de recesión económica, tensión social, xenofobia, nacionalismos agresivos y conflictos étnicos. En su acápite sobre el Mediterráneo, el "Documento de Helsinski 1992" propuso fortalecer la cooperación con los estados mediterráneos no participantes en la cumbre, en obvia alusión a la conformación de un nuevo espacio regional incorporando al Magreb. Fue el ministro español de Asuntos Exteriores quien propuso en Otawa, en febrero de 1991, la conveniencia de aplicar al Mediterráneo los principios y métodos de la CSCE.
Alentada por las perspectivas que habían sido planteadas para la paz con justicia en el conflicto árabe-israelí en la fase de negociación multilateral que inició la Conferencia de Paz para el Oriente Próximo (CPOP) de Madrid en noviembre de 1991, la Convocatoria de Sevilla del '92 se inscribe en la directriz de dos iniciativas intergubernamentales del año '91. Por un lado, el impulso inicial intergubernamental para una Conferencia sobre Seguridad y Cooperación en el Mediterráneo (CSCM) y, por el otro, respondiendo al estadío más avanzado de las tendencias a la cooperación en la cuenca occidental, la propuesta de un Diálogo y Cooperación entre los 10 países del Mediterráneo Occidental
España, Francia, Marruecos y Argelia suscribieron el documento de presentación de la CSCM ante la ONU a comienzos de 1991. En él se señala que la CSCM es un sistema que tiene por objeto promover la seguridad, la estabilidad y la distensión mediante la creación de un marco (o "paraguas") de entendimiento bajo el cual se desarrollen mecanismos concretos de resolución de conflictos y, complementariamente, como estructura regional de acompañamiento y apoyo a las negociaciones de la post-crisis del Golfo, a la solución del diferendo palestino-israelí y a los distintos acuerdos sobre todos los problemas sensibles de la región.
El contenido propuesto para la fase multilateral de la citada CPOP, coincidió en gran medida con el andamiaje de los tres problemas fundamentales comunes a la región, a la espera de que la ONU de una respuesta positiva a la iniciativa de la CSCM:
a) la seguridad mediante el control de armamentos y las medidas de confianza mutua;
b) la cooperación económica a través de acuerdos sobre aprovechamiento de recursos hidraúlicos y de esfuerzos financieros;
c) la cooperación demográfico/social para el tratamiento de la migración Sur-Norte, y especialmente de su componente más conflictivo, originado en las guerras interétnicas y territoriales, y/o en la represión interna, el de los refugiados.
La Convocatoria para una Carta Mediterránea no desconoce que la "cuenca oriental" implica un tiempo distinto al de la "cuenca occidental", de cara a la paulatina y compleja resolución de su conflictiva. Pero el Mediterráneo Occidental puede, en el futuro inmediato, seguir avanzando hacia un nuevo tipo de cooperación subregional, como lo demuestra la incorporación de 5 países mediterráneos más a la presentación inicial de la CSCE a las Naciones Unidas por los 4 primeros. Se trata de dotar de unos mecanismos políticos y de seguridad compartidos a los 10 países del Mediterráneo Occidental -Portugal, España, Francia, Italia, Grecia, Marruecos, Argelia, Túnez, Libia y Mauritania- y, al mismo tiempo, fijar unos principios generales para un nuevo entendimiento colectivo en toda la región.
La Convocatoria de Sevilla busca fomentar y difundir, desde un foro no gubernamental, el diálogo sincero y franco dirigido a la satisfacción de las aspiraciones políticas y democráticas de todos los pueblos de la región y, mediante ese diálogo multicultural, dinamizar la defensa y respeto de los derechos humanos amenazados por la reacción, resistencias y retrocesos en la incorporación de las libertades públicas a la vida política e institucional de ciertos países de toda la región mediterránea. Pero en la base del éxito de ese nuevo diálogo se encuentra el desarrollo con justicia social, es decir, de la democracia asentada en una reproducción y distribución ampliada de los instrumentos económicos, laborales, educacionales y comunicacionales al conjunto heterogéneo de las capas sociales.
Como bien lo describía en 1990 Carlos Bruquetas, secretario general del INACS y coordinador de la Convocatoria de Sevilla, en el seminario "El derecho al desarrollo y a una vida digna" "... el acceso al desarrollo es, a la vez herramienta y corazón mismo del proceso histórico de gestación de los derechos fundamentales, de consolidación y mundialización de la opinión pública, de su aparición como un poder internacional decisivo y, por lo tanto, de la construcción de los sistemas internacionales reguladores".
El gobierno español comunicaba a fines de 1991 al Congreso de los Diputados el interés vital de España y de la Europa comunitaria en la estabilidad y desarrollo del Magreb. La larga historia común entre moros y cristianos, donde las aguas mediterráneas no sólo sirvieron para el tránsito guerrero sino para la intercomunicación entre las artes y las ciencias, y en fin, la cultura que devino hispanoárabe, no puede dejar de evocarse en el papel de España en el Mediterráneo.
Al final del camino propositivo, y al comienzo del proceso operativo, estaría la constitución de la Conferencia de Seguridad y Cooperación en el Mediterráneo -como institucionalización de la interdependencia mediterránea- recién cuando la coyuntura estuviese diplomática y estratégicamente madura. El propio subtítulo de la Convocatoria de Sevilla de septiembre de 1992, "¿Hacia una sociedad multicultural? adelanta la utopía que el sol mediterráneo va germinando.
Gustavo Adolfo Druetta