CLARIFICANDO EL DEBATE
Jaime Garreta-Luis Tibiletti
Editorial
Cuando hace ya tres años iniciamos las primeras reuniones del Seminario que dimos en llamar "Hacia las Fuerzas Armadas del año 2000", pensamos que un análisis relativamente lineal nos permitiría alcanzar en corto plazo un consenso sobre el perfil de las Fuerzas Armadas que la Argentina necesitaría para el próximo siglo.
En este período transcurrido, el debate sobre el papel de las fuerzas armadas se convirtió en un tema central en casi todos los países del mundo.
Las reuniones políticas, militares y académicas internacionales donde distintos miembros del seminario han podido participar nos permiten hacer el intento de identificar a grandes rasgos las tendencias similares que se verifican en dichos debates:
1) Los sectores gubernamentales en el marco de la incertidumbre generada por la desaparición del mundo bipolar -que dificulta sensiblemente la identificación objetiva de sus intereses nacionales-, procuran garantizar su capacidad de flexibilizar alianzas en todas direcciones. Esta nueva versión de la estrategia flexible, sin una definición contundente del esquema amigo/enemigo, constituye una barrera infranqueable para los modos anteriores de definición de amenazas, hipótesis de conflicto y el consecuente planeamiento estrategico militar, sumando en el desconcierto a los planificadores militares.
Asimismo la idea prevalente es que el único interés nacional verificable es el de alcanzar una inserción economica eficiente en un esquema de competitividad con interdependencia creciente e integración de zonas económicas, y que el principal riesgo es el de la marginalidad, la exclusión o la reclusión tanto en términos internacionales como de sectores internos de los propios Estados-nación. Ante esta situación la mayoría de los gobiernos ha producido severos recortes presupuestarios en sus gastos de defensa sin que exista simultáneamente -por las razones señaladas- un plan maestro que oriente y haga racional esos recortes.
2) Los sectores militares se ven tentados de rechazar in limine todo debate sobre su papel en la sociedad, entre otros por los siguientes motivos:
- En algunos casos suponen que dicho debate pretende deslegitimar su propia existencia institucional por acción de una coalición de intereses nacionales y organismos internacionales que responden a los países hegemónicos.
- No comprenden el sentido de debatir sobre el rol de una institución que en muchos casos fue fundadora de la propia nacionalidad y a la que consideran columna vertebral del Estado-Nación; la única misión prioritaria que en tal sentido visualizan y que en muchos casos tiene rango de norma constitucional y/o legal, es la defensa de la soberanía e integridad territorial. Asimismo rechazan el intento de transformar en misiones prioritarias las vinculadas a su rol de instrumento de la política exterior, como en el caso de las misiones internacionales de paz, o el cumplimiento de funciones policiales o de acción cívica. El concepto de soberanía aprendido en cualquier academia militar del mundo, se resiente frente a ideas tales como la de la soberanía limitada o el intervencionismo humanitario. Por su parte el concepto de soberanía que suele subyacer a la estrategia flexible por la que optan los sectores gubernamentales, es el de mantener la máxima capacidad de elegir socios, lo cual una vez más dificulta la idea de identificar enemigos.
- Advierten que en muchos casos el debate sobre el rol de las fuerzas armadas viene "intoxicado" por intentos de reducción de su poder político en aquellos países donde la transición democrática y la subordinación al poder político aún no se han consolidado. Donde sí se dan estas condiciones, identifican igualmente como "intoxicado" el debate en estos casos, por nuevos intentos de reducción presupuestaria.
3) Este debate se torna sólo "político militar" en aquellas naciones que no tienen una historia armoniosa de relación sociedad/fuerzas armadas. De tal manera la sociedad civil -a excepcion del sector político gubernamental- permanece ajena al mismo. En muchos otros casos el diálogo cívico militar está mediado por dolorosos saldos del pasado reciente. Además, una peligrosa superficialidad en la manera que los medios masivos recogen fragmentos de este debate, ha producido en muchos casos fenómenos de deslegitimación de la función estatal defensa en el imaginario colectivo social. Esto se agrava en los casos donde una profunda transformación del Estado ha puesta en tela de juicio las propias funciones estatales.
Sin embargo, en general las sociedades consideran que su seguridad como nación está vinculada a la capacidad de sus instrumentos armados, pero se niegan -más por razones coyunturales que de fondo-, a apoyar los reclamos presupuestarios que formulan los militares y se exacerban ante cualquier supuesto o real privilegio de los hombres de armas.
4) Los sectores político partidarios, en particular los representantes en los parlamentos, que deberían ser intermediarios de esta relación cívico militar -muchas veces ineficiente-, no encuentran razon para "jugar" parte de su capital político en un diálogo de sordos, derivando el problema, segun sea el caso, a los niveles ejecutivos -cuando se trata de aspectos estratégicos, operacionales o administrativos-, o a la Justicia en aquellos casos en que restan saldar en los tribunales cuentas del pasado.
5) Las tendencias mundiales "reactivas" que identificáramos en el escenario internacional de nuestro primer número de SER EN EL 2000, encuentran en los oídos militares -por la confluencia de razones señaladas- un mercado dispuesto a comprar teorías confrontativas de claros resabios setentistas, que como dijéramos en nuestro editorial anterior, son sumamente eficientes a la hora de promover identificaciones negativas -tipo Norte/Sur-, pero no logran articular identidades positivas que resuelvan los problemas nacionales. De este modo el debate se dificulta aun más por la aparición de nuevas alianzas (en derredor de estas ideas confrontativas) de las fuerzas armadas (en repliegue dentro de un aparato estatal en crisis) con los sectores en vías de exclusión o reclusión a nivel social. Lo mismo se reproduce luego a nivel de las naciones que presienten un futuro difícil en el escenario económico internacional, articulándose así -con el agregado de ideologías varias del resentimiento- visiones que promueven la "teoría del perturbador triunfante" -tipo Hussein o los serbios- como la única salida para los países en vias de desarrollo.
6) Ante esta situación los distintos países hegemónicos en cada región del globo, no logran encontrar una respuesta política a la incógnita de cómo re-relacionarse con fuerzas armadas que habitualmente han tenido una subordinación estratégica o incluso logística, de sus respectivas periferias.
Los intentos por redefinición forzada de enemigos comunes, la imposición de roles que no son caros a los valores de los militares, la discriminación en las transferencias o el llano impedimento de desarrollos tecnológicos -muchas veces de uso dual- y en algunos casos las recientes polémicas abiertas con los militares de los países en desarrollo, no ayudan para nada al proceso de "resignificación" de la defensa en sociedades altamente inestables.
En tal sentido, la aparición de nuevas propuestas - en este caso en los EE.UU.- tendientes a redefinir la relación con las fuerzas armadas del continente como de "compromiso constructivo", eliminando los dobles o triples mensajes que las distintas agencias de ese país suelen emitir, puede constituir un paso favorable para distender la situación descripta.
Finalmente, y tras este intento de clarificar el debate en sus líneas comunes a distintos países, creemos conveniente hacer algunos señalamientos sobre las particularidades en Argentina. Nuestro país cuenta con una gran ventaja competitiva en este campo, y es la de haber logrado un diálogo franco y desapasionado entre un buen grupo de argentinos que se identifican positivamente más allá de su pertenencia sectorial o partidaria. Podemos y debemos promover este debate llevando el mismo en forma racional al conjunto de la sociedad, a traves de una adecuada y responsable política de comunicación social. Pero también podemos y debemos extenderlo al conjunto de nuestros países vecinos en la región, para colaborar en la búsqueda de un destino común más favorable.
Nuestras necesidades estratégicas sin duda ya no soportan los viejos esquemas confrontacionistas al interior de la región, que nos supieron vender -y "compramos"- durante el siglo pasado y buena parte de éste. La alianza estratégica del Mercosur y nuestras condiciones de diálogo maduro nos deben permitir -sin recurrir al gran pecado argentino de la soberbia, pretendiendo imponer a otros nuestra interpretación del mundo-, promover en toda la región el debate sobre la seguridad estratégica regional y los roles de las fuerzas armadas de cada uno de los países, de cara a los riesgos y condicionamientos que el contexto internacional nos impone, pero también de cara a la oportunidad histórica que el nuevo siglo nos puede ofrecer. Este es el desafío de quienes editamos esta revista.