OTAN: EL DEBATE DE LA AMPLIACION

José Luis Buhigas


La cumbre de la Alianza Atlántica celebrada en Bruselas el 10 y 11 de enero ha sido el marco formal de presentación de la Asociación para la Paz, iniciativa con la que se pretende dar respuesta a corto plazo a los anhelos de seguridad de diversos países, singularmente los del denominado grupo de Visegrado.
La desintegración de la antigua Unión Soviética y la caída del Muro de Berlín dieron paso a un proceso de revolcuiones pacíficas hacia la democracia y la economía de mercado. La democracia se puede construir sin el mercado pero no puede mantenerse sin él. Las transiciones políticas pueden ser muy rápidas si cuentan con el colchón de una clase media pero las transiciones económicas son mucho más lentas, tortuosas y complejas y si no van acompañadas por el éxito pueden conducir a fenómenos de proletarización que precipiten la vuelta al totalitarismo. La historia nos demuestra para bien o para mal que nada es irreversible y nos aconseja actuar con cautela para ayudar al éxito de los procesos reformistas que están en marcha pero que no están asegurados.
Es lógico que en este contexto de incertidumbre muchos países vean en la Alianza Atlántica su tabla de salvación. Si algo está claro en estos momentos es que la Alianza es un club selecto donde todos quieren entrar y nadie quiere salir, lo que es indicativo de un alto índice de credibilidad. El reto es muy importante, construir un nuevo orden de seguridad para Europa que llene el vacío de seguridad del desaparecido orden bipolar. Para lograrlo será determinante no reincidir en los errores del pasado. Tenemos un diagnóstico claro de los males que nos acechan: intolerancia, xenofobia, demagogia, todos ellos caldo de cultivo de los nacionalismos exacerbados. Tenemos también una idea clara de cómo hacerles frente: involucrando a los EE.UU. en los problemas de seguridad europeos, a través de la OTAN, con el proceso de construcción de la Unión Europea y tomando en consideración los intereses legítimos de seguridad de todos los países involucrados, incluída Rusia.
La seguridad europea se puede construir con o sin Rusia pero en ningún caso contra Rusia. Es decisión sobrena de Rusia participar en el esquema de seguridad europea o autoexcluirse. Pero en ninguno de los tres supuestos sería admisible consentir un derecho de veto. Todo país tiene unas percepciones de seguridad que, erróneas o no, determinan su actuación. En el caso de Rusia, la huella imborrable de las invasiones napoleónica y hitleriana y el larguísimo episodio de la guerra fría hacen que cualquier movimiento de extensión de las fronteras de la OTAN hacia el Este refuerce su complejo de fortaleza asediada ante lo que muchos perciben como un nuevo cordón sanitario que les aísla del mundo exterior. Contribuir a eliminar esa percepción es una de las tareas más importantes del futuro inmediato.
La política de gestos hacia Rusia, referente inexcusable en el sistema de seguridad europeo, debe ser extremadamente prudente para no producir efectos contraproducentes y alimentar los procesos que precisamente queremos combatir. Hay que transmitir el apoyo de los países occidentales a los procesos democráticos allí donde se produzcan al margen de las personas que los encarnen coyunturalmente. Eso puede ser compatible con el apoyo responsable en cada momento a la opción más conveniente, pero siempre con el objetivo de alcanzar un marco estable de relaciones en las que nadie es insustituible. Contribuir a crear alternativas democráticas es la forma más realista de consolidar el proceso de reformas en Rusia que es el auténtico objetivo de una política con aspiraciones de trascender al corto plazo.
Con estos antecedentes, la polémica sobre la posible ampliación de la Alianza Atlántica se ha convertido en uno de los ejes centrales del debate sobre el nuevo orden de seguridad europeo. Los defensores de una rápida ampliación parten de la tesis alemana de que o la OTAN exporta seguridad hacia el Este o acabaremos importando inseguridad e inestabilidad. El presidente de la República Checa, Havel, llega incluso a afirmar que "si ese sistema se negara a aceptarnos, algunos se verían empujados en Praga a la amarga conclusión de que la OTAN nos castigaba por haber contribuído a la eliminación de su anatgonista tradicional y, con él, de su razón de ser" (ABC, 23-X-93) con lo que subliminalmente manifiesta que un rechazo demostraría que la OTAN ha perdido su razón de ser, una vez desaparecido el Pacto de Varsovia.
A conclusiones idénticas, pero por diferentes conductos, llegan en España algunos defensores de la ampliación. Javier Rupérez, portavoz de política exterior del PP, sostiene que "de hecho la cuestión crítica del saber dónde se encuentra la futura utilidad de la OTAN tiene sólo una salida, ampliarse" (El Mundo, 10-1-94). Fernando Rodrigo, subdirector del CERI, señala que la OTAN cumplió su misión histórica con éxito "y ya no puede justificarse por más tiempo la existencia de la OTAN. Esta sólo se podrá mantener si da protección a otros países como Polonia, la República Checa, Eslovaquia y Hungría" (RED, 3-1-94).
Sin embargo, como acertadamente señala Warren Christopher (El País, 11-1-94) "si existe peligro a largo plazo en mantener la OTAN tal como está, también existe un peligro inminente en cambiarla inmediatamente. Ampliar la extensión de la OTAN al Este podría hacer que la profecía de una Rusia neoimperialista se hiciese realidad". En resumen, tan peligroso para la supervivencia de la organización es el inmovilismo a largo plazo como una ampliación prematura que incluyese Estados que no están prep[arados política o militarmente para asumir sus responsabilidades.
Lo cierto es que la OTAN ha demostrado su virtualidad en el contexto de una política de bloques, porque todo su esfuerzo militar estaba dedicado a una hipotética confrontación con el enemigo designado, el Pacto de Varsovia. La credibilidad de su política de disuasión condujo a una forzosa coexistencia pacífica porque a la lógica política de la expansión se oponiía la lógica política de la contención. El resultado hubiese sido explosivo de no mediar una lógica militar que impedía la confrontación. La mutua destrucción asegurada y la coexistencia pacífica eran dos caras de la misma moneda. En la lógica militar del comunismo no había cabida para aventureros, no había lugar para Zhirinovskis.
La eficacia de la OTAN ha estado ligada a dos elementos clave: el factor aglutinante del enemigo común, que hoy ya no existe y la ausencia de contenciosos entre los aliados. Ningún contencioso bilateral restaba cohesión ante el objetivo común. Desaparecido el enemigo común, la misión fundamental de la Alianza, que por sí sola justifica su existencia, sigue siendo la defensa colectiva y es obvio que la Alianza no debiera admitir a ningún nuevo miembro que ponga en peligro esa efectividad militar.
¿Cuál es el perfil de eventual conflictividad que presentan los candidatos a la ampliación? Hay un denominador común, más de 40 años de dominación comunista impuesta desde Moscú han generado un lógico e intangible sentimiento de inseguridad en relación con la nueva Rusia. Lo paradójico del caso es que el irredentismo nacionalista encarnado por Zhirinovski tiene mucho más que ver con Ucrania o los países bálticos que con los países de Europa Central y Oriental. El potencial de conflictividad interna de estos últimos a causa de la diseminación de minorías étnicas es un elemento de reflexión que no puede ser minusvalorado. El plan Balladur de estabilidad europea constituye una iniciativa extraordinariamente positiva para encarar responsablemente estos problemas. El realismo y la prudencia aconsejan cierta cautela, conflictos con raíces centenarias que han provocado innumerables confrontaciones no es fácil que desaparezcan de la noche a la mañana. Sólo hay una garantía para que estas legítimas aspiraciones de seguridad se resuelvan satisfactoriamente: haciendo irreversibles los procesos democráticos en el Este y eso sólo puede lograrse a través del buen funcionamiento de sus economías. No hay respuestas militares a problemas económicos. Por otra parte, como señalaba Javier Rupérez en el artículo antes citado "habrá que dejar claro que la OTAN no sirve para resolver conflictos bilaterales entre los socios ni menos tomar partido en los mismos a favor de uno de los contendientes -a lo más, y no es poco, para evitar que tales conflictos pasen a mayores".
Cada vez se perfila con más claridad una doctrina internacional tácita que permite la adaptación de las intervenciones militares en función de intereses vitales de seguridad o de intereses humanitarios. Los primeros son de carácter irrenunciable, pues afectan a la supervivencia del propio sistema: la violación de fronteras internacionalmente reconocidas, que introduciría el caos en las relaciones internacionales; la interrupción por la fuerza de suministros energéticos, que produciría el colapso de las industrias, o la aparición de armas de destrucción masiva con fines desestabilizadores son tres tipos de amenaza que una comunidad internacional no puede tolerar sin poner en peligro su propia existencia.
Los intereses humanitarios se sitúan en el plano ético al mismo nivel que los vitales de seguridad aunque no tengan las mismas repercusiones materiales. A nivel de caricatura podría decirse que hoy una intervención militar clásica precisaría en cierta medida de un esquema clarificador de buenos y malos, de agresores y agredidos, que la justifique con baremos perfectamente objetivables. Una intervención humanitaria se produce allí precisamente donde ese esquema falla, donde no es posible, excepto manipulaciones maniqueas, identificar ambos papeles, salvo el de las víctimas, la población civil. La guerra del Golfo es paradigmática del primer modelo y el conflcito yugoslavo, del segundo.
Dentro del esquema de riesgos que presentan los países con aspiraciones a ingresar en la Alianza, sólo el supuesto de un intento de reconstruir la URSS por la fuerza entraría a priori en el primer modelo. La dialéctica neoimperialista rusa de Zhirinovski -"estamos contra la URSS y la CEI, somos partidarios del Estado ruso. Es preciso liquidar no sólo el régimen comunista sino también las fronteras establecidas por ese régimen, volviendo a la situación geopolítica del primero de octubre de 1917, cuando Polonia y Finlandia formaban parte de Rusia"- es un peligro latente que no se puede exagerar pero tampoco minusvalorar. No podemos sin embargo excitar las pasiones de los ultranacionalistas rusos que contemplan la ampliación de la OTAN hacia el Este como una amenaza militar. Rusia es hoy un socio, no un rival, y no debemos dar pretextos a quienes se oponen a la cooperación. Solamente si ese camino se quebrase para volver a prácticas de dominación tendría sentiod replantear las prioridades estratégicas de la Alianza.
Al margen de las dificultades externas que pudiera presentar la ampliación, existen otras no desdeñables de naturaleza interna. El funcionamiento interno de la Alianza ha descansado siempre sobre dos pilares, la manejabilidad y el consenso. La ampliación presentaría dificultades técnicas, sin duda superables, pero que en principio le restarían agilidad. Donde las dificultades podrían ser mucho mayores es en la toma de decisiones. El consenso es un extraordinario ejercicio democrático, base de la cohesión de la Alianza, que sin duda ha sido posible hasta ahora gracias a la ausencia de contenciosos entre los aliados y fruto a su vez de una cultura y una tradición democrática largamente asentadas sobre el interés común de la defensa colectiva. Esa cultura no se improvisa en dos días y, salvo razones de urgencia que lo justifiquen, debería adquirirse paulatinamente.
Pese a las dificultades y problemas señalados, al cumbre atlática no podía dejar pasar la oportunidad de dar una respuesta política a los legítimos anhelos de seguridad de aquellos países que llaman a su puerta. No hacerlo hubiera sido desalentador para todos aquellos que se reclaman de nuestra misma tradición y cultura y comparten la misma escala de valores.
La iniciativa de la Asociación para la Paz trata de dar respuesta de forma realista a esas aspir


Actualizado: 17/05/96 8:55:32 AM
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