CLAVES PARA UNA POLITICA DE DEFENSA



El camino para la construcción de una política de defensa parece constituir hoy para algunas naciones una especie de laberinto con más de un minotauro en acecho. La dinámica acelerada de los cambios internacionales y regionales y el replanteo de toda una manera de hacer política- es decir conducir los asuntos públicos- que rigió desde el fin de la segunda guerra, colocan a los decisores de la mayoría de las naciones frente a un desafío enorme.
En particular con relación a nuestros temas de interés- la seguridad y la defensa- los parámetros de los ochenta y principios de los noventa parecen no ser ya suficientes para indicar el camino. La etapa de la transición a la democracia en algunos casos y a la realidad multipolar en otros ya pasó; ahora hay que hacer eficiente el funcionamiento del sistema en los primeros y adaptarse al cambio de roles en los otros. A nuestros países latinoamericanos les toca ambos problemas.
Un regreso a las visiones minos posmodernas por no decir más clásicas en términos de estado, interés nacional, guerra y defensa nacional, parece un recurso útil frente a la incertidumbre en los qué, pero sin duda será insuficiente frente a las exigencias de nuevos modos de responder a los cómo.
Es por ello que hemos querido señalar en este número de nuestra revista algunas ideas con relación a las claves necesarias para la formulación de una política de defensa, y promover así el debate con los lectores sobre el tema.
El primer señalamiento necesario es que debiera evitarse la tentación de confundir los puntos de anclaje que una política debe tener de sus dimensiones y sus objetivos. Cuando decimos puntos de anclaje nos referimos a las pautas esencialmente históricas y socio-culturales que iluminan todas las políticas de Estado. Ejemplificando pareciera obvio que los puntos de anclaje de una política de defensa de un país como China o la India no serán demasiado parecidos a los de la Argentina. Y esto debe recordarse frente al riesgo a sostener irracionalmente que todas las políticas de defensa y todos los instrumentos militares tienen funciones similares en el mundo. Y no nos referimos a aspectos situacionales geopolíticos sino a las cosmovisiones de las sociedades que vivifican esos estados-nación.
Justamente por la referencia que hacíamos a nuevos modos de hacer política es que la consideración de estos puntos de anclaje permitirá insertar la defensa en las necesidades de la gente, único camino actual de legitimar funciones del Estado. Sin este prerrequisito no existe esfuerzo de comunicación social que pueda mantener el espacio legítimo de la defensa dentro del Estado.
En segundo lugar y a fuer de ser reiterativos con conceptos ya expresados nos parece fundamental insistir en una diferenciación que cada tanto parece querer ser olvidada. Nos referimos a la diferencia esencial entre seguridad y defensa; uno de los problemas en el intento de aferrarse a conceptos más clásicos es el de pretender volver al esquema de seguridad y desarrollo de los '60 sin entender que este fue un producto irrecuperable de la guerra fría acabada.
Hemos publicado en nuestra revista las investigaciones que los expertos de 88 países hicieron para la ONU sobre el concepto de seguridad. Sólo recordemos que su definición más sintética es que es una situación en la cual los países se sienten libres de amenaza militar, coerción económica o presión política para continuar libremente su camino de desarrollo. Nadie puede olvidar hoy entonces, el carácter instrumental, dinámico y multidimensional que la seguridad tiene y que la coloca como uno de los fines esenciales del Estado y por lo tanto objetivo permanente de la conducción política. Pero si aceptamos su carácter multidimensional comprendemos la falacia de aquella ideología sesentista que le definía una sola herramienta: la defensa y en esa simplificación desnaturalizó y vació de contenido a la acción propia defensiva.
Por eso hoy sostenemos sin temor a equivocarnos que todas las políticas nacionales contribuyen a aumentar nuestra seguridad, también la del área de defensa. Por eso la copa de leche ó el catastro sanitario contribuyen a nuestra seguridad y también a nuestra capacidad defensiva pero no son medidas de seguridad ni de defensa, sino de acción social o de salud.
Sin embargo la interrelación imprescindible hoy de todos lo campos de la conducción política del Estado nos debe impedir caer en la exageración contraria de que una política de defensa se limite al campo de su instrumento militar. Y aquí entra entonces la correcta interpretación del concepto integral de la defensa. Es integral no porque sea omnicomprensiva sino porque requiere de su articulación con las demás políticas, lo mismo que sucede con la política económica, la educacional, la laboral, la social, etc.
Con qué debe articularse entonces una política de defensa. Sin duda que una primera prioridad es la de la política exterior de la nación. Lo contrario sería suponer que se puede desarrollar una política de integración subregional mientras se sigue considerando a los vecinos como nuestra principal hipótesis de conflicto. Tampoco esto quiere decir que se abandone una firme decisión de imponer criterios racionales de equilibrio estratégico en la región y el mantenimiento de una capacidad de disuasión creíble, pero implica -en los cómo de estos objetivos- imaginar nuevos caminos que el ya trillado del armamentismo, hoy insostenible para nuestros pueblos. De allí las propuestas del seguro compartido, de las hipótesis de confluencia, de las medidas de confianza mutua, los emprendimientos tecnológicos conjuntos, etc.
No vamos a señalar aquí en detalle la importancia que una correcta inserción en el esquema de seguridad internacional tiene para la política de defensa, porque lo hemos hecho en el editorial de nuestro SER Nro 5, pero es bueno recordar simplemente que esta articulación resulta una de las claves principales para formularla.
También podemos señalar que resulta difícil imaginar una política de defensa que no se articule con el modelo de crecimiento industrial del país, con sus decisiones en materia de investigación y desarrollo, con su ordenamiento territorial, etc; muchas de estas políticas quedaron relegadas frente al fundamentalismo de mercado que se aprovechó de la ardua tarea requerida para ordenar nuestras economías en la región, pero hoy reaparecen como de urgente aplicación para asegurar el camino del crecimietno. Es tiempo de saber entroncarlas con las necesidades de la defensa.
Con el anclaje histórico y sociocultural que mencionamos, con una articulación con las demás políticas estatales, podremos ahora entrar en las claves propias de la dimensión defensiva. Así se podrá pensar en la necesidad de una directiva pública de política de defensa que señale sus grandes objetivos y sus respectivos caminos. Con ese instrumento base se podrá entonces orientar la directiva estratégica militar y los objetivos de fuerzas para cada una de las partes de ese instrumento sin perder el sentido de conjuntez que -aunque dificultoso en el andar- es un camino sin retorno para la eficacia y eficiencia de todo instrumento militar.
No es nuestra intención profundizar en los aspectos propios de estos y muchos otros pasos subsiguientes sino incitar al debate y reclamar a todos los actores involucrados la voluntad política necesaria para comenzar esta construcción sin más demora. Ni las dilaciones interminables para evitar los necesarios dolores de parto, ni los retornos irracionales a visiones del pasado -especialmente si incluyen rediscutir consensos básicos alcanzados- serán herramientas útiles para la Argentina y sus fuerzas Armadas del 2000.





Actualizado: 19/05/96 10:34:09 AM
SER en el 2000