¿ Y las próximas guerras ?
Cap. Nav. ( R ) J. Colombo
Las Grandes Guerras del siglo que se nos va, dos calientes y una fría, se desarrollaron según un eje este-oeste. Y los principales combatientes -Alemania, los Estados Unidos, Rusia, Francia, Japón y Gran Bretaña- fueron todas potencias del hemisferio norte.
Difícilmente alguien pueda estar seguro de que las contiendas del siglo XXI vayan a tener el mismo eje. Por el contrario, pareciera que la tendencia global cambiará en dirección norte-sur, pese al alto contenido económico que sin duda caracterizará cualquier gran conflicto en el futuro. Como todos saben, en las guerras económicas no hay ejes que valgan.
En un sentido puramente estratégico, representaría algo así como volver al período 1815-1914, antes que repetir lo sucedido entre 1914 y 1990. Por supuesto, no todos le asignan al hemisferio sur tamaño protagonismo en un futuro más o menos predecible.
Durante una visita a la Argentina realizada hace no mucho tiempo atrás, el coronel retirado del Ejército de Francia, catedrático de la Sorbona y presidente de la Fundación de Estudios de la Defensa Nacional de Francia, profesor Pierre Dabezies, expresaba que "Francia no quiere demasiada NATO en Europa" (trop d'OTAN, en frances). Aclarando que no lo convencía en absoluto que ese sobrante de Alianza Atlántica que no le gusta a Francia y que tan elocuentemente perciben solo los galos, fuera eventualmente transplantado al hemisferio Sur, dando así lugar al ingreso de nuevos socios.
Nada de NATO (eventualmente, tampoco nada de SATO -South Atlantic Treaty Organization-) para los latinoamericanos, los africanos o los países del sudeste de Asia, que por algo están donde están y son lo que son.
¿Estará en lo cierto el coronel Dabezies o, por el contrario sería posible esa transferencia? El principal miembro de la Alianza, los Estados Unidos, ¿estaría dispuesto a aceptarla?
¿Tiene sentido político y estratégico, tanto dentro del contexto doméstico como a nivel global, que América Latina intervenga y asuma responsabilidades internacionales en una organización política diseñada para operar en escenarios tan alejados de nuestras costas? Y lo más importante de todo, ¿se prepararía así seriamente América Latina para la próxima contienda, o ayudaría efectivamente a evitarla? La próxima guerra, ¿tendrá o no algo que ver con la NATO?
Mas allá de las limitaciones geográficas que taxativamente impiden que la inclusión en el tratado se extienda a países no europeos, además del Canadá y los EE.UU., ¿cuáles serían para la Argentina, por ejemplo, las ventajas de participar activamente en una organización como la Alianza Atlántica? Y la Alianza misma, tan ajustada en su funcionamiento a los parámetros que imponía la guerra fría, sería "rentable" hoy en día, cuando se habla de un nuevo orden internacional dentro del cual no encajaría del todo bien?
Para muchos analistas en cuestiones de defensa, en la actualidad los buenos dividendos que se mencionan más arriba reconocen otra vertiente, y la cuestión vendría por el lado del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.
Daría la impresión de que tanto la próxima guerra como el manejo de las futuras crisis y conflictos de baja y mediana intensidad, tendrá mucho que ver con este verdadero club cerrado en la búsqueda aparente de dividendos para la paz, y no tanto con la NATO, organización a la que le modificaron nada menos que su entorno político-estratégico. ¿Será realmente así?
Organismo bastante discutido en estos momentos, el Consejo de Seguridad pretende asumir nuevas y controvertidas funciones, en medio de una creciente desconfianza entre los actores internacionales, debido a una desmedida competencia por el prestigio internacional, a la que se suman intereses estratégicos contrapuestos pese al término de la mal llamada "guerra fría", además de tremendas disparidades socio-económicas, conformando todo ello un cuadro de amenaza tangible para la seguridad de la sociedad de las naciones.
Es natural entonces que los países se sientan inclinados a incrementar sus medidas de seguridad, en lugar de desarrollar las tan publicitadas Medidas para Construir la Confianza Mutua o CBM (Con-fidence Building Measures), y ciertamente el Consejo de Seguridad no hace nada efectivo para modificar esta tendencia.
En su último documento, el Consejo hace un sorprendente mea culpa y reconoce que: "El exceso de capacidad de producción y el exceso de equipos de los países industrializados alimentan ahora en medida cada vez mayor los mercados de armas de algunas partes del mundo en desarrollo."
Tienen razón. La lista de los cinco mayores exportadores de armas del mundo incluye precisamente a las cinco naciones que son, al mismo tiempo, miembros permanentes del Consejo. Si no fuera trágico, hasta podría llegar a ser grotesco.
Sea como fuere, la cuestión es que dentro de los nuevos conceptos de la diplomacia preventiva, y al compás del rumbo que impone principalmente los Estados Unidos, el Consejo de Seguridad crece en importancia en la misma medida en que sube de tono la polémica originada en su excesiva politización y en la desestabilizante influencia que quiere dársele.
Así, las misiones de preservación de la paz se confunden con aquellas que la imponen, y el derecho de injerencia o de urgencia humanitaria desdibuja sus propios límites, orillando peligrosamente las fronteras que llevan, por ejemplo, a la legitimación de la coerción económica y a otras formas de violación del principio de la no intervención.
A esta altura de los acontecimientos, no sería del todo descabellado requerir del Consejo de Seguridad un poco más de "democratización". Son tiempos difíciles para las Naciones Unidas, tiempos en los que se libran duras batallas por la obtención del presupuesto o por el reclutamiento de las tropas y componentes militares, necesarios todos para contribuir en las múltiples misiones de la pax ansiosamente buscada y muy pocas veces lograda.
Y a no extrañarse, porque resulta altamente probable que en el futuro todas las intervenciones de las fuerzas de la NATO, especialmente en búsqueda de la paz europea, reciban la bendición legalizadora de las Naciones Unidas a través de las propuestas del Consejo de Seguridad.
¿De qué clase de "paz" estamos hablando? ¿De la que preservó la NATO en tiempos de la guerra fría? La poco convincente paz de la "guerra fria", que aparentemente ha dado paso al presente período de "casi paz", pareciera no haber gozado de tan bajas temperaturas como muchos pretenden hacer creer, ni tampoco la paz futura ofrece un rostro excesivamente promisorio. Tal vez estemos inmersos en un período de la historia reciente dentro del cual tres de sus hechos más significativos relacionados con la paz no han merecido, al menos hasta el momento, ni la dimensión ni la interpretación más apropiada. Esto nos llevaría de nuevo al planteo inicial de cómo prepararnos, junto con la única superpotencia sobreviviente, para los próximos conflictos.
En realidad se trata de exponer tres contradicciones significativas, para ver si se puede rastrear algún indicio interesante. Como siempre, esto permitiría al mismo tiempo que cada uno saque sus propias conclusiones.
La primera de ellas es que la guerra fría no tuvo nada de fría; de hecho fue bastante templada. La segunda es que, dentro de este nuevo desorden internacional, el comunismo sobrevive y sobrevivirá con una salud aceptable, al menos durante un tiempo más y pese a la idea casi generalizada de que ya está muerto. Por último, el hecho de que Occidente ha tomado erróneamente a la Guerra del Golfo como modelo de una contienda librada casi a la perfección por los Estados Unidos y sus aliados.
La discusión de estos tres puntos tal vez aporte elementos útiles que sirvan en la búsqueda objetiva de algún factor que ayude a despejar un tanto la niebla Clausewitziana de los futuros conflictos.
Tratemos pues de analizar estos hechos sin conexión aparente entre sí, para ver cómo pueden influir en la solución de las crisis actuales y, con un poco de suerte, en la prospectiva de las guerras futuras. A lo mejor no ayudan para nada. En fin, ya veremos.
¿GUERRA FRIA?
E1 Capitán de Navío Barry J. Coyle, actual Director del Estado Mayor y Asistente del Secretario de Marina de la Armada de los Estados Unidos, además de excelente analista en temas de defensa, sostiene que la guerra fría no fue tal, que el voluntarista nuevo mundo del ex-presidente Bush no está para nada ordenado, y que si bien el comunismo no derrocha salud, todavía se encuentra relativamente lejos de la tumba. Estoy de acuerdo con él, aún cuando alguien podría preguntarse si este hombre no es pariente lejano del desaparecido Senador norteamericano McCarthy, de quien se dice que prolija y rutinariamente todas las noches, antes de irse a dormir, echaba un vistazo debajo de su cama en búsqueda de algun admirador del bueno de Marx.
El término guerra fría parece haber sido uno de los eufemismos más tramposos y malintencionados de este último medio siglo. En cambio, "Tercera Guerra Mundial" hubiera descripto adecuada y objetivamente tanto la magnitud como el alcance del conflicto. Fue una guerra global en cuanto a su naturaleza, e involucró a todos los continentes excepto la Antártida. Fue una guerra real y "caliente", pese a ser al mismo tiempo una guerra de flancos librada muchas veces por testaferros.
Fue una guerra total que mantuvo a cientos de millones de hombres velando las armas sin solución de continuidad, drenando las economías de ambos lados en una escalada de armamentismo casi interminable. Y la verdad es que esta guerra fue ganada por un Occidente que, simplemente, mantuvo a través del tiempo la habilidad de soportar y asimilar esa carrera desenfrenada.
Puede agregarse que tanto la muerte como la destrucción muestran con elocuencia que esta guerra fue todo menos "fría". Por ejemplo, 54.000 norteamericanos murieron durante el conflicto de Corea, y 57.000 murieron en Vietnam. Varios miles de soldados murieron en operaciones abiertas o encubiertas en otras partes del sudeste Asiático y en Europa, el Medio Oriente, en América Latina y en Africa. Cientos de combatientes perecieron en operaciones de vigilancia contra la Unión Soviética, China y Corea.
Agréguense a lo dicho los hombres y mujeres muertos en operaciones de disuasión estratégica, en los así llamados despliegues avanzados, ejercitaciones y operaciones de adiestramiento, y las estimaciones más conservadoras, solamente para los EE.UU., situarán las cifras en alrededor de 3.000 bajas anuales de promedio. Con lo que nuestra apreciada "guerra fría" ha venido a registrar, del lado norteamericano, la mitad de las bajas que tuvieron los EE.UU. durante la Segunda Guerra Mundial.
Del otro lado, se supone que las bajas de la ex-Unión Soviética igualarían por lo menos a las nortea-mericanas. También murieron cientos de miles de soldados chinos, coreanos y vietnamitas, a los que deben agregarse millones de civiles muertos en Cambodia, en Vietnam, en China y en Corea.
Por último, y aún dentro de la misma Europa, la denominación de "guerra fría" difícilmente describa la realidad de lo ocurrido. Si se considera lo sucedido en Grecia y Yugoslavia, pasando por los innumerables incidentes en la muralla de Berlín, siguiendo por los aplastamientos soviéticos a los levantamientos en Hungría, Checoslovaquia, Polonia y los Estados Bálticos, y sin olvidar los miles de muertos que trataron de escapar de la cortina de hierro y no lo consiguieron, se puede llegar fácil-mente a la conclusión de que estos últimos cuarenta años han estado bastante lejos de ser fríos.
¿Qué importancia tiene que se la llame guerra fría o de otra manera? Interesa, y mucho, porque el mito de la guerra fría nos impide ver la verdadera dimensión de esta larga lucha.
Estas guerras, exitosas parcialmente sólo en un sentido táctico y operativo, e interpretadas muy frecuentemente como derrotas de occidente en términos puramente geopolíticos, resultaron sin embargo de vital importancia dentro del contexto estratégico de una guerra global de medio siglo de duración. Demostraron el compromiso de las democracias del mundo libre y las ventajas sustanciales de sus sistemas económicos, y pusieron de manifiesto su voluntad de lucha, además de evidenciar superioridad táctica, tecnológica y logística.
En definitiva, el fin de la guerra fría no amerita decir mucho más. El fin de la Tercera Guerra Mundial, en cambio, merecería bastante más atención y análisis, permitiéndonos al mismo tiempo sacar conclusiones mas adecuadas para otear en el horizonte de las guerras futuras.
EL NUEVO GRAN DESORDEN DEL COMUNISMO
AGONIZANTE
Aquel ingenuo que pierda su tiempo en celebrar la ruptura del viejo imperio sóviético, probablemente esté evidenciando que no tiene concepciones históricas claras. Porque la aparente disolución de la Unión Soviética marca solamente el fin de una era y el comienzo de un período de realineación geopolítica de imprevisibles consecuencias. Las experiencias previas sugieren que las caídas de los imperios se han caracterizado casi siempre por largos períodos de reajuste que fueron, al mismo tiempo, tan caóticos como sangrientos.
Son pocos los que se dan cuenta del tamaño y de la complejidad del Imperio Soviético, o que perciben que la dominación rusa creció a lo largo de un período cercano a los 1.100 años, de los cuales solo 75 se desarrollaron bajo las reglas impuestas por los Soviets. A partir del siglo noveno, los rusos comenzaron desde Kiev una expansión gradual en todas direcciones: por el oeste hacia Europa, hacia el este en direccion al Pacífico, por el sur hacia China y el Imperio Otomano, y por el norte hacia el Artico.
Durante los cuatrocientos años que siguieron, este imperio controló vastos recursos naturales y también el bienestar general, ejerciendo simultáneamente una tremenda influencia diplomática y militar que se proyectó hacia todo el orbe.
¿Qué puede suceder ahora, ante la creación de muchas naciones totalmente separadas? ¿Cómo serán redistribuidos los recursos, las riquezas, la gente y las influencias? Las respuestas no están para nada claras, y se puede apostar con cierta seguridad a que estas naciones no adoptarán los sistemas de gobierno occidentales para marchar hacia el futuro.
El desmembramiento de la antigua Unión Soviética nos ha llevado nuevamente a la situación que imperaba al finalizar la Primera Guerra Mundial, cuando finalmente tanto los imperios Austro-Húngaro como Otomano colapsaron. Durante el período inmediatamente posterior a esta guerra, los diplomáticos europeos y americanos redibujaron las fronteras de Europa del Este y del Oriente Medio, con una casi total prescindencia de la gente que allí vivia y con escasas nociones y reconocimiento a los límites tribales, étnicos y religiosos que ya existían.
Estas fronteras artificiales fueron fieramente resistidas por esos pueblos, especialmente en los Balcanes y en el Oriente Medio. Hasta hace no mucho tiempo, todos estos conflictos potenciales se habían mantenido en estado latente gracias a un equilibrio de fuerzas originado en la
Gran Depresión, en la Segunda Guerra Mundial, en las ocupaciones militares tanto soviéticas como occidentales, y en el conflicto árabe-israelí.
La invasión iraquí a Kuwait y la actual guerra en los Balcanes son solamente la punta del iceberg, nada más que el primer round de una larga lucha que se avecina, motivada en las aspiraciones de esos pueblos que reclaman el derecho a redefinir sus propios destinos y sus propias fronteras.
Y guste o no, el comunismo no ha muerto. Por si alguien lo duda, no hay más que preguntar en China, o en Vietnam, Myanmar, Cuba o en Corea del Norte, para no mencionar a la misma ex-Unión Soviética.
No son pocos los que asumen que de las cenizas del comunismo emergerán, graciosamente, repúblicas democráticas inspiradas en los modelos occidentales. Esta prospectiva, además de inocente, se presenta como extraordinariamente remota, simplemente porque ninguna de esas naciones tiene ni historia ni experiencias democráticas previas. Bajo el signo de los zares, los rusos construyeron un régimen basado en tres pilares bastante rígidos: la aristocracia, la iglesia y un ejército que, siguiendo la voluntad real, no vacilaba en masacrar y subyugar a quien fuere necesario.
El comunismo soviético se dedicó a una limpia tarea de exitosas y confortables sustituciones: la aristocracia por la burocracia, la iglesia por el partido y la policía secreta hizo las delicias de la gente en lugar del ejército.
Luego de cientos de años de esta clase de gobiernos, ¿quién se atrevería a afirmar que habrá lugar para un cambio radical cimentado en el autoconvencimiento? Y si así fuera, ¿quién se animaría a suponer que esto llevará necesariamente a variaciones fundamentales en la situación estratégica general?
La cuestión podría ser aún peor, porque las condiciones que alimentaron la difusión del comunismo en el siglo veinte no han cambiado significativamente, y tal vez hayan empeorado.
Por ejemplo, la población mundial se duplicó desde la Segunda Guerra Mundial a la fecha, y si se mantienen las condiciones actuales, se duplicará nuevamente dentro de 25 años. Las explosiones demográficas van a ocurrir en las naciones más pobres del planeta; de hecho, la mayor cantidad de gente va a ver la luz de este mundo en sociedades dentro de las cuales muy pocos tendrán la oportunidad de triunfar, o de tener movilidad social hacia arriba, o educación, o quizás ni siquiera puedan aspirar a satisfacer sus necesidades más elementales. Para todos ellos, las normas básicas del marxismo resultarán sin duda atrayentes: la eliminación de las reglas hereditarias de las elites dominantes, la abolición de las distinciones de clase, la redistribución de la tierra y de la riqueza, los medios de producción en manos del Estado: "a cada uno de acuerdo con sus medios, para cada uno de acuerdo con sus necesidades."
El mensaje del comunismo socializante no ha muerto ni siquiera en las naciones industrializadas. Por ejemplo, la mayoría de los paises de Europa Occidental abraza con inocultable afecto vastos programas socialistas -programas de salud y de obras sociales manejados desde el gobierno; y lo mismo hacen con la educación, con el seguro de desempleo y con los beneficios de la jubilación- mientras mantienen al mismo tiempo gobiernos democráticos y fuertes economías de mercado. Dice el Capitán Coyle que hasta los mismos norteamericanos miran con envidia la expansión europea de los servicios socializados de la salud, porque a casi nadie le gusta pagar por ellos.
Y por supuesto que se hace aquí abstracción total de las diferencias doctrinarias y semánticas que existen entre las definiciones del comunismo, del marxismo en su estado más puro, del marxismo-leninismo, o del socialismo en sus infinitas variantes. Interesa marcar una axiología, y nada más.
Definitivamente entonces, el comunismo no ha muerto. Permanece vivo tanto en el mundo indus-trializado como en los paises subdesarrollados o en vías de desarrollo. A la hora de pensar en los próximos conflictos, e independientemente de su probable intensidad, no parecería ser muy saludable ignorarlo, especialmente si se está analizando la posibilidad de futuros conflictos en América Latina.
En mi opinión, las únicas guerras definitivamente terminadas en Latinoamérica son las guerras por la independencia. Todos los demás conflictos y su probable internacionalización se mantienen como potencialmente posibles, a la espera de su propia ventana de oportunidad, en una sublimación de la problemática norte-sur o países ricos-países pobres, dentro de la cual las falsas opciones del marxismo socializante -o como diría el Dr. Henry Kissinger, de su sucesor disfrazado, el neopo-pulismo- iban a dar bastantes dolores de cabeza. No se está aquí hablando del marxismo-leninismo pasado de moda del afable Fidel, que resulta molesto hasta para Moscú. Pero, para dar una línea orientadora, sí de ideas y acciones como las predicadas en su momento por Eduard Bernstein y por Karl Kautsky, retocadas con una pizca de pimienta por la revolucionaria Rosa de Luxemburgo, suavizadas finalmente por la anestesia de Antonio Gramsci.
Y la interpretación sensata de lo ocurrido en México así parecería confirmarlo. La sombra ominosa de Camilo Torres y su Teología de la Liberación están de vuelta, esta vez con el disfraz de las reivindicaciones indígenas. Que podrán ser ciertas y legítimas, pero que están manejadas por profesionales de la violencia revolucionaria.
GUERRA DEL GOLFO: EL MODELO EQUIVOCADO
La operación "Tormenta del Desierto" se cuenta entre los conflictos más fulminantes y exitosos librados en la era post-moderna por una coalición de paises, y constituye ciertamente uno de los esfuerzos más encomiables desde la Segunda Guerra Mundial. Pero ese esfuerzo de corta duración y casi indoloro se constituye, al mismo tiempo, en el modelo más inadecuado que podría tomarse para la concepción de una solución razonable de futuros conflictos en el mundo.
La Guerra del Golfo fue una aberración en la historia militar de los Estados Unidos, tal vez la más aberrante en toda la larga historia de ese país. Un ejército importante y bien equipado, el iraquí, sencillamente dio las espaldas y permitió el despliegue casi ideal de una abrumadora coalición de fuerzas. Los aliados libraron esa guerra en condiciones de terreno y ambientales casi óp-timas, resultando así increíblemente favorables para el equipamiento y las doctrinas y tácticas de la coalición.
Iraq fue un enemigo cooperador, tanto en sentido estratégico como táctico, con una Fuerza Aérea que huyó despavorida al oir el primer disparo. Y muchas de esas tropas, desmoralizadas finalmente hasta niveles increíbles, simplemente rehuyeron el combate. Iraq no fue Vietnam, todo el mundo lo sabe. Pero además de admitirlo, ¿en qué futuro escenario se podrían volver a encontrar condiciones similares? ¿En los Balcanes? ¿En Corea del Norte? Ciertamente que no.
Más allá de las limitaciones evidentes que presenta esta guerra para que sea objetivamente tomada como el modelo correcto para futuros conflictos, ha resultado ser sumamente útil para revalidar algunas concepciones estratégicas y tácticas, las que sin duda vienen a confirmar el así llamado Planeamiento de Fuerzas (Force Planning), el que ha evolucionado sensiblemente desde la finalización de la guerra de Vietnam. Las conclusiones se presentan más o menos como sigue, y algunas de ellas pueden dar indicios útiles:
- La gran mayoría de las naciones que intervinieron en esta guerra, y muy posiblemente gran parte de las que intervendrán en futuros conflictos, son y serán esencialmente naciones marítimas. Todos los países intervinientes tuvieron que enviar sus fuerzas a Kuwait por mar, y el 90% del material utilizado llegó por vía maritima. La capacidad de transporte por mar se constituye, de este modo, en un elemento vital.
- Cuando los objetivos militares y políticos están bien definidos, la opinión pública apoya sin retaceos.
- El despliegue avanzado resulta vital. Nada se hubiese podido hacer en Kuwait sin las bases de ope-ración disponibles en Arabia Saudita.
- La rápida constitución de las Fuerzas de Tareas para operar desde el mar, así como las doctrinas para desarrollar las operaciones conjuntas y combinadas de fuerzas basadas en tierra u operando desde el mar, son "dinamita pura", como dicen los norteamericanos. Cualquiera que haya estado involucrado en la creación y desarrollo de estos conceptos durante los últimos quince años, debería tomarse un respiro -de no más de diez minutos- para gozar inmerso en los efluvios de su bien merecida gloria. A1 minuto once debería estar trabajando nuevamente en la dinámica creativa de estos procesos que no tienen fin.
- Toda inversión en Fuerzas Anfibias vale la pena, y la relación costo-efectividad así parece demostrarlo. En el caso que nos ocupa, el despliegue de la Fuerza de Tareas Anfibia fue suficiente para mantener aferrados a los iraquíes en sus posiciones defensivas, impidiendo su reposicionamiento para hacer frente al ataque principal de las fuerzas de coalición.
- Con referencia a la muy relativa eficacia real del bombardeo estratégico, todos parecen haber aprendido las lecciones que vienen desde la lejana época de la Segunda Guerra Mundial y de la Guerra de Vietnam. Casi todos, menos las Fuerzas Aéreas de gran parte del mundo, que todavía se resisten a la lectura objetiva que los hechos les exigen: uno puede bombardear desde el aire cada milímetro cuadrado de territorio enemigo, pero nadie se rinde hasta que las fuerzas terrestres llegan y hacen lo suyo.
En Kuwait,las tropas iraquíes fueron bombardeadas una y otra vez hasta llevarlas al borde de la desesperación y de la ruptura de la moral de combate, pero no se rindieron hasta que llegaron las fuerzas terrestres.
Esto, por supuesto, no invalida lo ejecutado desde el aire.
- Los armamentos de altas tecnologías funcionan bastante bien, y sirven para salvar muchas vidas. Esto fue particularmente cierto durante la primera fase de la Guerra del Golfo, cuando los misiles crucero, los misiles guiados de precisión y los vehículos remotos no piloteados suprimieron las defensas enemigas, destruyendo su capacidad de comando y control, dando al mismo tiempo la posibilidad de obtener y mantener la superioridad aérea de los aliados en toda la zona de operaciones.
Los rigores simplificantes de la bipolaridad se han evaporado, eliminando la única amenaza visible de Occidente y de los EE.UU., pero a un costo tremendo: los EE.UU. no tienen una idea clara acerca de su futuro rol en el mundo justamente cuando -en tanto que única superpotencia sobreviviente- su habilidad para jugar ese rol es más importante que nunca. Tanto más si se tiene en cuenta que Europa Occidental ya no es el área dominante del mundo.
Y esto no es todo. Occidente debería recordar permanentemente que las cuatro guerras de este siglo sobre las cuales dibujó sus estrategias se encuentran hoy en día en el basural de la historia. Ya no se puede especular acerca del colapso del balance del poder en Europa o en el Este de Asia, o de ambos al mismo tiempo.
Volviendo al título de este artículo, y recordando las contradicciones que podían aportar algunos indicios sobre futuros conflictos, quizás resulte conveniente recordar a Voltaire, cuando decía que no tenía la fórmula del éxito pero sí la del fracaso: satisfacer a todos.
En ese sentido, pareciera que la fórmula ideal para poner contento a todos -y de paso marchar alegremente hacia el suicidio colectivo- podría ser: "Ahora que la guerra fría terminó y el comunismo ha muerto, hágase socio del Consejo de Seguridad, que en ese club se encargan de todo. Como ejemplo, vale lo que sucedió en la Guerra del Golfo".
Razonar de esta manera bien podría equivaler a disputar un envidiable doctorado en ingenuidad, aún cuando esta afirmación suene a pura exageración. Y tal como gusta a los europeos de todos los tiempos, el establecimiento de cordones sanitarios alrededor de áreas de conflicto -como en Sarajevo-, pretendiendo que no sucede nada más allá de esa zona delimitada, ha llevado sistemáti-camente a la internacionalización de conflictos que eran originariamente locales, y a que fueran resueltos por extraños ante la incapacidad de los nativos para clarificar sus propias crisis.
Desde los lejanos tiempos de la Antigua Roma, la historia demuestra que a los europeos les fascina armar el escándalo dentro de su propia casa y, luego de sentarse a llorar con autosatisfacción sobre sus propias deficiencias, llamar al vecino del otro barrio para que le solucione el entuerto.
¿Y la Unión Europea? Bien, gracias. Que los trabajos desagradables de hoy y del futuro se los repartan entre la NATO y el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.
Parafraseando a Raymond Aron, el observador comprometido bien podría argumentar que aquí se plantea qué es lo que no habría que desestimar en el futuro, pero no qué habría que hacer. Es una trampa intelectual como cualquier otra, hay que reconocerlo, pero no hay indicios ciertos para trazar una prospectiva razonablemente objetiva.
Así lo expuse en otro artículo (1) cuando, hablando de los problemas de entrecasa, dije que las fuerzas ar-madas latinoamericanas estaban tratando de vender defensa en un mercado harto difícil, navegando sin rumbo cierto en medio de un mar de incertidumbres heredadas del medio externo. Nos estamos reestructurando para enfrentar futuros conflictos sin saber en realidad qué queremos, simplemente porque nos encontramos inmersos en la misma transición permanente que afecta a los países centrales, que tampoco saben con certeza qué hacer. Aunque parece ser que al-go saben en los Estados Unidos, donde creen haber encontrado indicios firmes sobre la próxima contienda a ser librada, al menos por los latinos.
Y a no perder más el tiempo buscando pistas. El Norte le asignó al Sur, con exclusividad, la hipótesis de conflicto (con perdón de la palabra) de la guerra contra la droga. Es notable, pero en América del Norte se siguen equivocando.
Cuando de los próximos conflictos en América Latina se trata, no es que cometan muchos errores; no vaya usted a creer. Se copiaron de los argentinos, que al decir de Adolfo Bioy Casares, cometen siempre los mismos.
(1) Ver Ser en el 2000 nº 3, mayo de 1993, págs. 21 a 27.