MERCOSUR : UN DESAFIO TAMBIEN PARA LA SEGURIDAD

Editorial

Lic. Jaime Garreta - Lic. Luis Tibiletti


Cuando en noviembre de 1994 el Comité Editorial se reunió para definir el eje temático de este número, hubo coincidencia en que éste debía referirse al impacto que el nacimiento del Mercosur generaría. Si bien el tema había sido tratado en reiteradas oportunidades en la revista, el hecho de haberse dado el paso trascendental para su conformación el 1 de enero de 1995 imponía la necesidad de analizar nuestros temas de seguridad y defensa a la luz de esta nueva realidad.
En ese momento, y más allá de alguna dificultad circunstancial habida con nuestros socios de este potencial cuarto espacio económico del mundo, en el plano de lograr consenso en relación a la necesidad de buscar mecanismos de prevención de conflictos y seguridad común, estábamos imbuídos de una visión optimista.
Sin embargo, para quienes bregamos permanentemente por hacer de la nuestra una región de paz, el drama de la guerra entre Ecuador y Perú nos golpeó duramente, al colocarnos frente a una dificultad inédita, pero al mismo tiempo nos abrió un espacio, también inédito, para la búsqueda de soluciones creativas a los problemas que acosan la seguridad y la paz.
Hace ya cuatro años que en el Nº 1 de la Revista SER en el 2000 planteábamos la necesidad de crear mecanismos subregionales capaces de impedir escaladas de conflictos interestatales en la región. Hoy nuestros puntos de vista de entonces, han comenzado a ser recogidos por las instancias oficiales. Tal es la propuesta efectuada por el gobierno argentino al de Brasil, en la reunión de gabinete conjunta de Foz Iguazú en enero pasado; y vale la pena, por lo tanto, insistir en ellos.
En este mismo sentido, creemos que de poco han servido las reiteradas expresiones que sobre la amistad se han intercambiado permanentemente las distintas fuerzas armadas del continente. Tampoco parecen haber sido de utilidad los esfuerzos realizados por los militares en cuanto congreso internacional se llevó a cabo, para listar las innumerables medidas de confianza mutua desarrolladas, y que a la sazón también acaparaban la sorprendida atención de expertos de otras latitudes donde aún se jugaba a la guerra.
En aquellas oportunidades en que los miembros de SER estuvimos presentes, así como en los foros que mantuvimos en San Pablo y Santiago de Chile en octubre y noviembre pasado respectivamente, sostuvimos en cambio que no alcanza con declamar medidas que, en el mejor de los casos, son una reiteración de la vieja diplomacia militar paralela de la época de la guerra fría, sino que se debe avanzar en dirección a formular medidas concretas de confianza mutua entre las naciones y sus fuerzas armadas.
Ejemplo de lo que pueden ser algunas de estas medidas concretas -decíamos entonces y reafirmamos hoy- pueden ser:
- Un intercambio sincero sobre el equilibrio estratégico y consecuentemente las razones que le asiste a cada país para justificar su respectivo despliegue militar.
- La creación de un centro de fomento a la confianza de carácter subregional que actúe preventivamente ante la eventual escalada de los conflictos.
No sabemos, a la hora de escribir este editorial, si la locura habrá cesado, pero el daño de todos modos es sin duda grave. Algunos pretenderán usar esta desgracia, que de hecho nos afecta a todos, para reclamar por la necesidad de un poderío militar creciente de nuestras naciones al tiempo que hacer abandono de toda idea de seguridad común, compartida o cooperativa conduciéndonos así por la espiral de la carrera armamentista y de la inseguridad.
Frente a ello debemos afirmarnos en las dos ideas centrales que venimos desarrollando en nuestro grupo de reflexión:
Por un lado, que todo estado sigue teniendo el derecho y el deber de tener los instrumentos militares adecuados a sus objetivos de seguridad y defensa nacional.
Por el otro, y de modo simultáneo con lo anterior, la idea de que nada contribuye mejor hoy a afianzar la seguridad entre estados que el concepto que hemos dado en llamar de suficiencia defensiva, cuyo mecanismo íntimo de funcionamiento puede resumirse así:
Cada estado debe tener una capacidad militar suficiente como para que cualquier aventura armada en su contra, por parte de algún estado vecino, sea de un costo tan elevado, que haga que inmediatamente sea descartada. Al mismo tiempo, dicha capacidad no deberá permitirle ataques masivos y en profundidad sobre el territorio del otro país. En esta seguridad, entonces, se posibilitará que los conflictos existentes, latentes o potenciales encuentren vías no armadas de resolución.
En lo referente al Mercosur, es necesario insistir en que si una región es incapaz de ordenar su espacio geoestratégico y transmitir seguridad, difícilmente se pueda consolidar como un espacio económico serio. Ello explica los 50 mil millones de dólares que el presidente Clinton le ofrece a México. Es el modo de ir al salvataje del NAFTA, el esfuerzo de Japón por ordenar y atraer a China al ASEAN, los reiterados encuentros de Rabin y Arafat para pacificar el Medio Oriente. Del mismo modo se explica la sensación de fracaso de muchos mercados emergentes del Este, donde los capitales huyen tras las huellas de los conflictos de Bosnia o Chechenia, transformándolos en mercados en emergencia.
Nadie duda de la dificultad en resolver un conflicto ajeno cuando se han exacerbado las pasiones al punto de la irracionalidad, pero una decisión firmísima de Argentina y Brasil para juntos emplazar a la desescalada del conflicto pudo haber alcanzado un impacto mayor. La falencia en los mecanismos de toma de decisiones individuales y colectivos de los dos países, primero como dos de los cuatro garantes del Protocolo de Río y luego en nombre de la región vecina, el MERCOSUR, impidieron una acción eficaz y coordinada. Esto no debería volver a sucedernos.
Como siempre decimos, queda a nuestros lectores la posibilidad de recoger el guante de este desafío intelectual. Parece que el efecto tequila durará al menos lo suficiente para obligarnos, de una vez por todas, a repensar nuestro sistema nacional de defensa; para adecuarlo tanto a las nuevas necesidades, a los tiempos que corren, como a los escasísimos recursos disponibles hoy y en el futuro inmediato.
Sólo una decisión firme podrá readaptar el sistema nacional de defensa evitando su obsolencia definitiva y la pérdida de su potencial principal, que no es otro que el recurso humano. La vocación de servicio y la creatividad con que nuestros hombres de armas han enfrentado estos años de dificultades en lo individual y lo profesional, merece sin duda una respuesta a la vez que creativa, responsable.
El dolor por el fracaso en mantener la paz deberá ser tan perdurable que permita forzar a quienes quieran ser nuestros socios estratégicos a establecer desde ya las medidas de confianza necesarias, así como los mecanismos de prevención indispensables para alejar los fantasmas de recelos del pasado, al menos de nuestro Cono Sur.



Actualizado: 23/05/96 11:32:33 AM
SER en el 2000